lunes, 14 de noviembre de 2016

Tristeza tiempo

I.

A veces recuerdo mi infancia, ¿la has recordado tú? La bella y triste época cuando fuimos niños.
Yo no la recuerdo como ese tiempo feliz y libre de problemas. La infancia no puede ser tratada como un lugar común. Yo recuerdo cuestiones específicas.
Por ejemplo, recuerdo que a mí me gustaba dibujar. Una vez la profesora nos dio como tarea dibujar un ave y después colorearla. Durante los primero minutos todos nos pusimos a trabajar sin descanso. Después comenzó el caos, como en todo grupo de niños. Algunos compañeros gritaban y reían, otros simplemente correteaban por la sala. Yo, en cambio, me mantuve sentado.

--¿Qué te pasa hoy día, Hans?
--Nada, ¿por qué?

No recuerdo qué compañera me preguntó eso, pero sí recuerdo que ese día en específico yo no quería jugar, ni ponerme de pie, ni conversar con mis compañeros. Yo solamente quería dibujar aquel ave. Dibujarla y después pintarla con los colores más bellos de mi estuche.
Esas dos horas pasaron volando para algunos, mientras para mí fueron un tiempo de dedicación máxima. Fui de los pocos que entregaron el trabajo a tiempo. No tuve que pedir más plazo para terminar. La profesora me felicitó e hizo un comentario sobre mi estado de ánimo. No escuché ese comentario.
A la semana siguiente, en la misma clase de artes, la profesora hizo algunos comentarios sobre los dibujos entregados. Después de entregarlos todos aún faltaba el mío. Yo estaba esperando y ella no tardó en decir mi nombre. Cuando me puse de pie vi que la profesora mostraba mi trabajo a todos mis compañeros. Destaco los colores y los trazos que yo había hecho sin querer. Comentó a todos que esa era la clase de trabajo que esperaba de los demás estudiantes.
Recibí mi trabajo y en el más absoluto mutismo regresé a mi puesto. Me molestó lo que había dicho la profesora, ese día yo no quería destacar en nada.
A pesar de ese pequeño triunfo, yo no quería destacar en nada.

II.
La mujer llega borracha a su casa, da un tropiezo y choca contra una mesita pequeña, bota un florero. La mujer se queda quieta y su rostro dibuja una mueca de humildad. Piensa "la cagué". Se quita los zapatos y continúa caminando por el pasillo alfombrado. La casa está en penumbras. Se oyen unos pasos bajando la escalera.
Mario aparece frente a ella. Al principio está enojado, pero se le va quitando a medida que nota que la mujer está demasiado borracha como para entender que aquello que hace está mal, que aquello no corresponde porque sus hijos duermen y son las tres de la mañana. El hombre quisiera conversar la situación. Esto no da para más, desea gritarle que deberían separarse, aunque cueste, ahí mismo. Ella le entrega los zapatos y camina hacia la escalera. Él la toma del brazo para ayudarla a subir.

--Vamos --le dice.

Triste es la escena. La casa lúgubre, los vecinos duermen. La pareja, esa misma que alguna vez irradió alegría y tranquilidad en los parques de la ciudad, hoy se encuentra sumida en la penumbra de una escalera en su casa nueva.
Una vez arriba, lo de siempre. Golpes. Mario comienza a golpearla porque esa es la única manera de hacer que su mujer entienda lo que sucede. Con cada golpe le dice "terminemos esto", con cada golpe repite "estoy harto de este estilo de vida", "quédate ahí de una vez" o quizá muy en su interior quiere decirle "termina con esta actitud y seamos felices". Esto último es lo menos probable, al parecer ya han peleado demasiado.
Afuera, un perro aulla a la luna. Adentro, la hija duerme. Adentro, el hijo está despierto oyendo los golpes en el silencio de la noche.

III.
A los quince años decidí que mi meta sería desaparecer. Empecé a ver películas, leer mucho y entrenar mi cuerpo, pues de esa forma podía estar solo sin levantar las sospechas de mis cercanos. Para leer necesitas estar solo, para ver películas no hay problema si estás solo y para ejercitarte puedes estar alejado.
Empecé a convertirme en un ser ostrásico, aislado del mundo, cuyos únicos problemas eran los que se planteaban en las obras de ficción que leía o veía y los problemas de mi resistencia física. Nada me importaba más que aquello que ocurría a los héroes de las novelas que leía o las películas que veía. Dentro del dormitorio las cosas fluían a otro ritmo, nada era peligroso y parecía, a veces, que el tiempo se detenía. De vez en cuando venía a visitarme algún amigo. Conversábamos un rato y luego me volvía a quedar solo. Yo no me enojaba ni perturbaba por esta situación, pues me remitía a hacer la rutina de todos los días: leer, ver, hacer.
Esta actitud comenzó a molestar a mis padres, quienes se vieron en la obligación de sacarme de allí a la fuerza. Hubo gritos y llanto.
Ir a la calle fue algo traumático aquel día. De pronto el sol me quemaba, los autos emitían un ruido horrible y las personas caminaban más rápido de lo esperado. Todo aquello que había leído en libros y visto en películas me parecía ahora extraño, ajeno. Y mi fuerza no servía para nada.
Un perro se acercó a mí. Lo acaricié. En ese momento pregunté a mis padres cuánto tiempo había pasado desde mi alejamiento hacia la habitación. Ellos me revelaron la verdad: había estado allí dos años.
Lo peor de todo era no acordarme de nada, no haber notado cómo había pasado el tiempo.El único cambio que percibía era el de mis músculos entrenados.

IV.
¿En qué momento las mujeres decidimos tener hijos? ¿En qué momento de nuestra vida aceptamos que tendremos a alguien adentro? ¿En qué momento aceptamos que condenaremos a otra persona a sufrir lo que nosotros ya sufrimos? Para mí la decisión fue tomada un día que miraba por la ventana el día nublado que se proyectaba delante mío. Sentí que yo misma me daba asco.
Todo tiene una historia, cada pedazo de cada objeto en este mundo tiene una historia. La esquina de un espejo tiene historia, un clavo puesto en un muro, un cepillo de dientes. Todo tiene historia, tu ropa interior, tus zapatillas y el bolígrafo que usas para firmar. Darse cuenta de ello es extraño. Hoy en día me cuesta mirar el mundo con desinterés, cada elemento se me presenta misterioso, inabarcable.
He comenzado a buscar soluciones para no abrumar mi mente, pues saberme tan pequeña en este universo comienza a volverme loca. Al comienzo empecé con pastillas simples, algo que me hiciera dormir. El problema llegaba al levantarme, cada vez que abría los ojos y veía el cielorraso me daba cuenta de lo ínfima que seguía siendo mi existencia. Pensé en matarme, pero aquello me ahogaría aún más en el perpetuo abismo de la efímera existencia.
Terminé cayendo en el alcohol porque era lo más fácil y barato. No pensé que fuera tan efectivo. Salvo por las jaquecas durante la mañana, no había otro problema. A veces me siento demasiado aturdida, pero al beber mis problemas desaparecen. Aunque parezca imposible, el vacío que tengo dentro mío deja de existir. ¿Dónde se va la pena cuando bebemos? A algún lugar donde también se va el tiempo.
De pronto pasan años y abres los ojos: tal vez hiciste daño, tal vez te salvaste. Algo ocurrió, una nube cruzó el cielo, una hoja cayó de un árbol, tienes golpes... de pronto tu vida se acaba y ya no hay tiempo.

jueves, 10 de noviembre de 2016

MUERE MIENTRAS SUFRES EN VANO

Dejemos de pensar en el dinero
y pensemos.
El sol se encumbra
y la gente ríe,
corre tras tu esperanza,
manchas tus zapatillas con grasa,
oyes música desde tu smartphone.
Dejemos de tirar los pensamiento
al tibio tacho
de los sueños rotos.

No dejes de avanzar,
lucha por la muerte aunque sea en vano.
La alegria espera
a quien sufre caminando cabizbajo,
a quien ríe una mañana,
la alegria explota en el rostro
de un tipo que sube a vender pinzas
en las micros.

La alegría no existe.
Por mucho que rayes las paredes
y escribas grafitis inteligentes.
Por muchas películas románticas siglo XXI que veas
no va a aparecer nadie doblando la esquina,
no va a estar nadie esperándote con un vestido verde
para saludarte con un golpe cariñoso
y un abrazo tan grande
como tu soledad y tu pena.

Demonios,
qué despechado de la vida estás.

Quédate encerrado en tu cuarto
escucha tus canciones japonesas,
escucha tu música metal,
muerde el polvo sabiendo
que no haces nada que otros no hayan hecho antes.
La alegría
no existe.

martes, 8 de noviembre de 2016

La inmediatez en el arte

Walter Benjamin y Paul Virilio tenían razón. El arte de la inmediatez ha destruido el arte real.
Entras a un navegador de internet. Buscas blogs de escritores, sean quienes sean, ojalá desconocidos. Todos se creen el mejor de todos con su método de escritura. Lees sus cuentos, sus poemas y reflexiones sobre el arte de escribir. Pareciera ser que todos se toman en serio esto de escribir, como si buscaran vivir del arte. Cada uno con su propio camino y mismo modo de funcionar: escribir, editar, colgar en internet. 
Son escritores de la inmediatez.
No puedes negar que existen textos buenos, quizá un poema con algunos versos interesantes o algún ensayo que te hace reflexionar. Pero en general todo carece de profundidad, todo se nota escrito con rapidez, producto de un proceso poco prolijo.
Imagino el momento de la concepción del objeto artístico: va el escritor caminando por la calle y de pronto algo ha cambiado. En medio de su soledad, la lucidez cae sobre su mente y aparece una pequeña luz que, como una obligación divina, debe ser convertida en arte. Entonces el escritor levanta la vista y el mundo se vuelve una realidad entendible, todo encaja y ese entendimiento debe ser escrito o dibujado o convertido en canción. Si tiene suerte (o si su método lo incluye) sacará una libreta y anotará la idea. Ahora es cuestión de llegar a casa.
El artista llega a su casa --hablaremos de escritor, por cuestiones de oficio-- y decide que escribirá un cuento con aquella idea. De camino pensó en la trama, los personajes y en el final que, tal vez confuso, ya está bosquejado. Se sienta al computador y empieza a escribir. La venia de las musas recae en él y tiene la gracia de escribir el cuento de una sentada. Después de esto decide descansar, la labor artística lo ha dejado extenuado.
La historia culmina con el escritor editando un par de veces más. Luego abre su blog y publica su pequeña --pero no por eso poco importante-- obra. 
Lo interesante es que el escritor puso todo su esfuerzo en ese texto, buscó la perfección, la esquiva obra maestra, intentó escribir lo mejor que podía. 
Lamentablemente el fin de ese cuento fue ser puesto en internet para que lo leo un tipo o tipa cualquiera y opine --esto el escritor lo espera-- algo positivo sobre el texto.

-Estuvo maravilloso, me gustó cómo el personaje demostró su locura...
-Realmente lograste captar la esencia de las mujeres discriminadas..
-Has mejorado mucho en el último tiempo...
etc...

¿Podrá el arte llegar lejos teniendo en cuenta que este proceso se repite una y otra vez hasta el infinito una millonada de veces entre los escritores noveles del planeta? ¿Habrá relevancia artística --con relevancia me refiero a textos decisivos como los de Kafka o García Márquez y gran parte de los escritores del siglo pasado-- si los escritores no buscan más que subir sus textos a una plataforma de internet donde la validación se da dentro de ese solo microverso abstracto? ¿Cómo lograr buen arte si los lugares en que el arte se está moviendo ya no son los del arte?Los receptores del arte no son más que tipos que nadan dentro del mismo estanque. Todos publican y se comentan entre sí, un feedback eterno.
Aristóteles dijo (hace 2051 años aproximadamente) en su texto Poética que el arte imitaba la realidad. Eso ya fue debatido por estudiosos como Dolecel o el mismísimo Auerbach, pero existe una cuestión que ha sido inamovible: el arte tiene su sustento en la realidad del hombre, en el choque del hombre con esta.
Y no es que tenga una visión materialista de las cosas, pero cuesta entender las razones por las cuales el arte se mueve en el submundo de la internet al igual que las noticias falsas de Facebook o los comentarios básicos de un Twitter. ¿Cómo va a impactar el arte en el ser humano si este ya no sabe lo que es un libro --textura, aroma-- ni entiende la relevancia de esto? Lo peor no son los lectores, no le vamos a echar la culpa a ellos. El error es de parte de quienes escriben, quienes no lo hacen más que por el edonismo (pues varios dirán que escriben porque les gusta solamente, pero omitiran que también les agrada la pose de artista). La literatura no puede estar condenada a vivir en Wattpad o Wordpress entre hienas literarias que validan estas plataformas.
Terminaré esta reflexión dejando un video de Hernán Rivera Letelier donde da ciertas luces sobre una forma de percibir el arte a la cual yo mismo adhiero.



domingo, 6 de noviembre de 2016

KNOCKED UP


I.

A veces me siento triste desde la nada.
Enciendo la radio y están pasando justo una canción que me envía directo a un recuerdo muy lejano. Y allí divago un rato. Me quedo pegado en la canción, dando vueltas en el mundo que me proyecta. La tristeza comienza a inundar mi espíritu. Me convierto en un tipo ajeno, ensimismado.
Caigo como un niño al agua. Me sumerjo en los dolores, en la pena, en la soledad. Allí nado. Allí, en ese fondo lúgubre, paso el tiempo necesario para que una pequeña llama arda en mi interior. Entonces la cubro y decido salir a flote.
Afuera, la llama se convierte en ira, enojo y furia. Quisiera destruir con ella el mundo, porque pareciera que el mundo es la causa de mis males. El mundo con sus reglas fortuitas y arbitrarias, sus microespacios en los cuales no existe cabida para la vida real. Al salir del agua quisiera ir a todas las partes en donde alguien me conoce para solamente escupirle.
Esta situación ocurre muy a menudo. Llega a ser molesto algunos días, pues a veces parece que jamás saldré del agua.
Me dijeron que una de las soluciones para superar mi problema era crear arte, escribir poemas o cuentos. Lo he hecho un par de veces, pero la mayoría de las veces la rabia con que aparezco de vuelta al mundo real es tal, que no deseo escribir, ni dibujar, ni hablarle a nadie. Hay veces en que no deseo que los demás sepan qué me ocurre.

II.
Imagino un bosque un día nublado. Imagino que me levanto de la cama y camino hacia los árboles. Salgo de casa, hace frío. Una brisa recorre mi rostro y mi cabello.
A medida que avanzo quedan atrás los ladridos de perro, los motores de los automóviles y los ruidos de los celulares. El bosque es como un abismo al cual quiero caer. Con mis pies descalzos voy sobre las hojas húmedas.
La mayoría de los árboles son abedules. Tristes y delgados abedules que danzan movidos por el viento. Siento que podría quedarme aquí para siempre. Empiezo a entrar, pues, en el terreno de los imposibles. Nada de lo que haga detendrá el tiempo. Por mucho que me abrace a un árbol, el tiempo seguirá avanzando.
Me detengo en un lugar en el cual una roca me sirve de asiento. Las palmas de mis manos la sienten: está fría. Allí respiro y dirijo mi atención al rumor del viento sobre las ramas de los abedules.
Sé que hay gente que debe estar en su computador, trabajando mientras de fondo oye el ruido de un televisor eternamente encendido. En otro lugar debe haber un profesor revisando pruebas o un alumno dedicando su tiempo al estudio para un certamen en la universidad. Yo me contento con estar aquí sentado, disfrutando de la brisa.
El lugar en el que estoy ahora es el más importante del planeta.

III.
Podría pasar tardes completas mirando fotos.
En mi casa hay un álbum viejo en el cual mis padres reunieron todas las fotografías que tomaron durante el verano del ’99.
A medida que paso las hojas veo a muchas personas sonriendo en poses variadas, ya sea sentados en la tierra o dentro de una casa, todos están indudablemente disfrutando de cada momento.
De pronto noto una foto que llama mi atención. Al fondo se ve una playa, mi madre está en primer plano sonriendo hacia la cámara y mi padre está detrás haciéndole cosquillas. Hay más personas en la fotografía, pero no las conozco, ¿qué será de ellos? Todos visten ropa muy colorida.
Según mi hermano ese álbum de fotos debiera ser tirado a la basura, pues todas las fotografías que hay allí están respaldadas en un disco duro externo de 50 TB. Realmente no entiendo su lógica. Las fotografías son para mirarlas, no para tenerlas en un disco duro de 50 TB.
Afuera cae la lluvia. Ese es el telón de fondo para esta escena.
Encuentro una fotografía donde sale una chica sola. Tiene los ojos verdes y una sonrisa oculta a medias por una bufanda. Se le nota una felicidad tranquila y real. En la esquina inferior de la foto hay escritas, con lápiz tinta azul, las letras CM. Pienso que deben ser de su nombre. ¿Dónde vivirá hoy? ¿Sabrá que tengo entre mis manos una fotografía suya? ¿Sabrá que alguien, años después de ese momento, la sigue encontrando hermosa?
Tal vez cuando se tomó esa foto no pensó en nada.

IV.
Hoy vino mi prima a beber té durante la tarde. Como cada vez, terminamos haciendo el amor en mi habitación. Nadie sabe de nuestra relación, la cual comenzó hace muchos años, en la segunda infancia, cuando comenzábamos a tener conciencia del mundo. Un día, jugando, nos dimos un beso, luego otro y otro. Estuvimos aquella tarde entera besándonos atrás de la casa. No entendíamos la razón de hacerlo, pero nos divertía. Sabíamos que estaba prohibido.
Quisiéramos poder estar juntos, amarnos sin miedo a que nos encuentren. Nos gustaría poder conversar y reírnos frente a todos como una pareja común y corriente.
Una vez, solo por sentirnos libres un momento, nos fuimos a vivir juntos a una ciudad lejos de nuestras casas. Allí arrendamos un departamento con vista a la playa. Pasamos dos meses ahí. Salíamos a pasear durante las tardes y despertábamos temprano en las mañanas para ir a comer algo. Bebíamos cerveza y nos tomábamos de la mano en las calles. Nos hicimos amigos de algunos vecinos y otras parejas. Podíamos presentarnos como novios. No sabes cómo se sentía aquella ficticia libertad.
Últimamente hacemos el amor sin protegernos. Ser padres es nuestro anhelo secreto, aquel que guardamos desde la niñez. Nos vemos tres veces a la semana y hacemos el amor esperando que ella quede embarazada.
Tal vez eso funcione.
O tal vez.
Nadie tiene la receta perfecta para la felicidad. Todas las cosas pasan con una terrible normalidad.