miércoles, 31 de agosto de 2016

Tiempo libre

No hay vacaciones,
no hay tiempo libre.
La literatura
descansa en sí misma
y en su ejercicio.

jueves, 11 de agosto de 2016

NO ERES ESCRITOR

No eres escritor por tener un blog
donde pones un cuento una vez al mes
o un poemadevezencuando.
No eres escritor por leer mucho
o escribir sobre cómo ser escritor.
No eres escritor por publicar en Wattpad
ni por participar en concursos de 100 palabras.
No eres escritor por hacer talleres de escritura
ni eres escritor por participar en Nanowrimo.
No eres escritor por conocer la vida de un autor
ni por haber leído todos los libros
de una saga.
No eres escritor porque escribes en un cuaderno
con tu lápiz Bic
ni eres escritor por tener
en una laptop
una carpeta ordenada
con todos tus cuentos y poemas.
No eres escritor por escribir una hora
o mil palabras
diarias.

No eres escritor porque te catalogas de escritor.

Ni si quiera eres escritor por escribir
con bonita ortografía
sin ocupar el corrector de Word.
No eres escritor por tener muchos cuentos escritos
que no le has mostrado a nadie.
No eres escritor si te autopublicas y nadie te pesca.
No eres escritor porque pusiste tu novela en Amazon.
No eres escritor si solo te conocen en Facebook
y la fanpage la hiciste tú.
No eres escritor por colgar videos en Youtube
o por tener un podcast de literatura en Ivoox.
No eres escritor por tener tres novelas "en desarrollo"
o por haber definido tu estilo narrativo
o porque decidiste que escribirás ciencia ficción
o fantasía
o realismo
o steampunk
o cualquier otra huevada.
No eres escritor por ver videos de charlas TED,
ni eres escritor porque escribes desde los 14
y tu viejo cuico te editó un libro cuando eras un pendejo.
No eres escritor porque tu autor favorito era genial,
ni porque odias a Coelho o a Isabel Allende
porque ellos sí son escritores
y ya hicieron el camino
( aunque esto te pique en el culo ).
No eres escritor por tener mil lectores fantasmas en tu blog
o porque un cuento tuyo aparece
en una revista online
o porque visitas y publicas en un foro
donde te haces respetar frente a otros imbéciles iguales a ti,
igual de mediocres que tú
igual de simplones que tú
igual de normales que tú.

Solo eres escritor
si vives de escribir
y vives para escribir.
No eres escritor cuando tu mayor preocupación
es tener un trabajo de 8 a 5
o buscar cómo llegar
a pagar tus deudas
al puto fin de mes.

No eres escritor por estar en internet.

domingo, 7 de agosto de 2016

Habitación 204

—Te buscan. Anda tú a ver quien es porque yo estoy ocupada —gritó mi mamá desde alguna parte de la casa.

No reaccioné al tiro, pero desperté. Me refregué los ojos que acompañé con ese bostezo eterno que aparece a primera hora del día, miré el cielorraso, apreté los párpados. Me despegué como pude de las sábanas para mirar por la ventana y ver quien me buscaba.

Salí disparado al baño, muerto de frío y en puros calzoncillos. Me lavé los dientes como pude, mi cara la refregué un poco con agua, oriné. Me eyecté hasta la pieza otra vez, pesqué la ropa del día anterior que estaba tirada a los pies de la cama y me vestí con ella. En todo ese rato no pensaba en nada, ni las tareas, ni si tenía clases o algo que estudiar; lo importante era moverme lo más rápido posible hasta la reja de la casa.

Estaba la María Jesús esperándome sentada en la vereda. Al salir la vi de espalda. Apenas cuando cerré el portón, se dio vuelta y me vio, se quiso reír pero no pudo.

—¿Qué onda? —pregunté mientras me iba sentando lento a su lado.
—La misma mierda de siempre —respondió sin mirarme a la cara.

No le quise preguntar más. Al final íbamos a acabar como en todas las conversaciones anteriores parecidas a esta: toda la culpa la tienen los hombres, que son unos maricones. Yo sabía cual era “la misma mierda de siempre”. Miramos un rato la vereda del frente y las casas altas. Ambos podíamos sentir y oír la respiración del otro. Yo no me movía, ella en cambio, a veces se arreglaba el pelo que le hacía bailar el viento. Esta misma situación pasaba varias veces por mes, cuando la María Jesús peleaba con su padrasto, con el que tenía una relación, que obvio, su mamá no conocía. Siempre que peleaba con el viejo este, llegaba a mi casa a buscarme, yo salía, esperábamos un rato, juntos, hasta que se le pasase la rabia. Pasaron unos minutos y pasaron también autos por la calle, respiré hondo, para pararme,  y la invité a que fuésemos a la plaza, total, allá siempre se le quitaba el enojo y terminábamos pegándonos, riéndonos o haciendo alguna tontera.

Y así fue otra vez.

Estábamos sentados sobre la banca, con los pies donde se supone debíamos ir nosotros, y molestando a unos niños que estaban jugando a la pelota con una botella de bebida. De repente me acordé del sitio del frente de la plaza, íbamos allí a veces a tomar cerveza en la tarde o a pasar el rato nada más, pero con la María Jesús yo nunca había ido.

—Supongo que has ido al terreno que está al frente de donde vivían los papás de la Fernanda —le dije mientras apuntaba el lugar lleno de escombros.
—Una vez, pero hace harto, ¿por? ¿vamos?

Me paré sin responder y empecé a caminar hacia allá.

—Pero espérame.

Me puse a correr para que se viera obligada a alcanzarme. Nos reímos  mientras ella intentaba agarrarme y yo me movía para evitarlo. Cuando estuvimos ahí, me limité a abrir los alambres de púas para que ella entrara primero. Cuando estuvo dentro pasé yo.

El lugar era grande, gigante y estaba lleno de chatarra y pastelones de cemento de cuando habían pavimentado las calles. Uno se podía encontrar tubos de cemento de los usados al hacer cañerías, herramientas y fierros por doquier, todo oxidado. El sitio era usado por la comunidad a modo de vertedero, así que de vez en cuando se veía a alguna u otra persona tirando la basura en él, sin importar cuanto tiempo pudiera pasar, contando con ello, el saber que el sitio estaba así desde hacía 7 años, cuando se habían terminado las obras en todo el recinto. Vivía todo tipo de cosas y animales allí, desde personas que pernoctaban una que otra noche, pasando por ratones de todo  tipo, hasta perros callejeros y quizás qué otro animal que desconocíamos (murciélagos, qué se yo).

Nos agradaba a todos el sitio, era espacioso y permitía jugar y salirse de las reglas. Como niños o jóvenes que fuésemos, nos encantaba todo lo que tuviera cierto aire a “libertad”, así que al entrar en el terreno baldío sentíamos algo en el pecho que nos hacía olvidar lo molesto del mundo moderno, de los padres y la familia completa.

Nos sentamos sobre un montón de escombros de cemento, una tubería gigantesca nos sirvió de base, y con los pies colgando y moviendo las piernas, una vez más, nos quedamos callados. No entiendo muy bien por qué, pero siempre era lo mismo: llegábamos allí, y nos poníamos a mirar todo como si fuese nuestra primera visita, siempre pensando en encontrar algo nuevo que nos llamase la atención. Lo mejor de todo esto, era no ser defraudados jamás y encontrar en todas las oportunidades, algún escondrijo o herramienta tirada por ahí. Era una caja de pandora con todas sus letras.

Era normal encontrar bajo las piedras a un poeta
o bajo el cielo
una maravilla más para enaltecer la imaginación;
o los avatares múltiples
para acabar de una vez
con lo que nos molestaba.

Ese día miércoles (jamás olvidaré que fue un miércoles), fue mi amiga la que encontró algo.

—¿Qué es eso de allá? —la María Jesús me tiró de la manga.
—¿Dónde?
—Ahí, mira... a ver, mejor acompáñame.

Los dos saltamos desde el tubo hacia la arena. Yo la seguí a ciegas, porque no sabía a donde apuntaba o donde quería ir la Jesús.

—¿Ves ahora?

Claro que veía, bajo un pedazo grande de pastelón de cemento, se veía algo parecido a un agujero del cuál no nos habíamos dado cuenta en todas nuestras visitas (por separado, obviamente). Me acerqué a ver si podíamos levantar el cuadro de cemento para poder mirar bien. Pero nada. Era demasiado grande.

—Mira, yo solo no voy a levantarlo nunca, ayúdame a ver si hacemos algo.
—Espera.

La María Jesús fue a buscar una piedra.

—Miguel, tráeme ese tronco que está allá —apuntó uno que había a dos o tres metros— a ver si podemos hacer palanca para levantarlo.
—Dale.

Y así lo hicimos. Estuvimos mucho rato, hacía calor (era verano, tampoco voy a olvidar eso, era miércoles y era verano aquel día) por lo que cada cierto rato nos deteníamos a descansar. Hasta que después de cerca de una hora de esfuerzo tremendo pudimos levantar el pastelón. Quedó una abertura de unos 50 cm hacia arriba, por lo que de todas maneras cabía una persona arrastrándose. Con el pastelón medio sobre el aire, pude moverlo un poco, para ver si del otro lado se veía el agujero, unos pocos centímetros me bastaron para que me cansara y para ver que nada se veía. Aún así, se notaba que era un espacio bastante grande, y por el pequeño as de luz que entraba, lográbamos ver solo unas pocas cosas oxidadas.

—Debe tener años este hoyo.
—Si, y nadie se ha dado cuenta parece.
—Eso es obvio, hay herramientas adentro y están oxidadas. De haberlo visto algún vecino o niño, habrían abierto más y sacado las cosas.
—¿Y si entro? —Me miró con sus ojos eternos.
—Igual es peligroso, María.
—Ay, no seas miedoso. Mira, yo entro, porque demás alcanzo, y tú te quedas afuera a recibir las cosas que saque.
—Ya, con cuidado.

Y empezó a entrar. Al principio le costaba pero se notaba que podría hacerlo. Yo estaba parado al lado esperando que bajase, ni siquiera la miraba (tampoco podré olvidar que no estaba mirando), me preocupaba de los vecinos, que no estuvieran husmeando o que viniese algún niño a molestar. Me estaba secando la frente y mirando unos árboles con la mano usándola de visera.

Y ocurrió.

La María Jesús estaba con todo el cuerpo adentro, cuando su zapatilla pasó a llevar la piedra con el tronco. Todo, piedra, tronco y mi amiga, cayeron dentro del agujero, el cual fue tapado de una vez por el pastelón gigante, que cayó de forma seca sobre el lugar.

—¡María Jesús!

Grité varias veces con toda mi alma, pero ella no me contestaba. Intenté tranquilizarme, a pesar de los fuerte que sentía mi pecho latir, miré al rededor del lugar y seguí gritándole, hasta que noté algo que me hizo abrir los ojos como nunca: el agujero, ahora, no se veía desde el exterior. A falta de espacio para comunicarnos, no nos podíamos escuchar el uno al otro.

Entre los dos habíamos movido el pedazo de cemento a duras penas; yo, solo, jamás iba a poder hacer algo. Me puse a correr de inmediato para buscar a mi hermano en la casa.

Sin miedo corrí, pero sí con apuro y desesperación. No grité, ni a nadie di aviso sobre lo ocurrido mientras iba de camino a mi casa.

Me vieron venir corriendo desde la esquina, y quizás ni siquiera eso. No estoy seguro de si siquiera me vieron saltando por la parte de atrás de mi casa, porque no había nadie cuando golpeé. Para qué pensar siquiera en si me habrán visto caer de cabeza desde la pandereta sobre unos ladrillos.

Pero sí me ven donde estoy ahora, en la habitación 204, hace 3 meses, en coma.

Deus ex machina

ROLANDO LOCURA estaba loco. Ese era comentario que todos hacían de él, a pesar de desconocer la razón de aquel calificativo, más allá de la relación que podía establecerse con su apellido.
Rolando Locura era conocido en toda la zona: en los bares, en las esquinas, en las acequias. En todos los poblados a cinco kilómetros a la redonda era conocido. Pero conocido no en la manera en que se conoce a un futbolista o un político. A Rolando Locura todo el mundo, a cinco kilómetros a la redonda, lo conocía de tú a tú. Cara a cada.
Un día viernes 15 Rolando Locura se presentó ante quienes frecuentaban el bar “Visita”. Los presentes se dieron media vuelta —medio espantados, medio curiosos— en dirección a su silueta, que tapaba la sombra a la mesa en que jugaban carioca.
Rolando Locura abrió la boca:
—Estoy buscando a un tipo alto, moreno, de cabello negro y ojos café, puede andar con gafas o con lentes de contacto; su mandíbula inferior sobresale levemente en comparación a la superior. Puedo decirles que su mirada es precisa, casi perfecta, implacable. Espero que ustedes puedan ayudarme a saber dónde se encuentra.
—No lo hemos visto, pero sabemos de quién nos hablas —dijo un tipo que llevaba sombrero de paja.
—Ahora que recuerdo... yo también necesito hablar con él —dijo otro cuyos pantalones eran azules—, te ayudaré a buscarlo...
—A mí también me hizo algo —gritó el tipo que atendía la barra—, déjenme acompañarlos en su caza...
—Bienvenido a todos —dijo Rolando Locura—, continuemos, pues, la búsqueda.
Salieron del bar “Visita” y se encontraron de frente al punzante sol de la ciudad de Olvido. Los dientes de los cuatro varones brillaban. Entrecerraron los ojos frente al sol. Lo único que veían era el sol. ¿Dónde ir? Comenzaron a andar sin rumbo fijo, siguiendo su intuición.
Caminaron buscando al mozo de tez café y ojos inasequibles. Cruzaron montes y llanuras; rieron y lloraron; cantaron y conversaron. Se cansaron, se aturdieron y durmieron. Hasta que por fin, cuando ya no había forma de continuar, llegaron a un campo donde, debido al cansancio, se habían recostado boca-abajo sobre el pasto. Desde allí vieron, a lo lejos, una sombra delgada y alta que llevaba unos lápices y un cuaderno en las manos.
—¡Allí está!
—¡Vamos directo a él!
Mientras se ponían de pie pudieron ver que la silueta entraba en una pequeña choza en mitad del bosque.
De camino, los hombres conversaban.
—Entramos y lo destruimos.
—Correcto —respondió uno.
—Podemos golpearlo y después matarlo.
—Podemos incluso quemarlo.
—Podemos comerlo, triturarlo, descuartizarlo.
—Una vez estemos junto a él, vemos qué se hace —sentenció otro.
Corrieron hasta llegar a la puerta de la casita. Se decidieron a no golpear y entraron de un empellón.
—¡Sal de donde quiera que estés, granuja! —dijo alguno.
Se quedaron de pie en la sala. De pronto, tras una puerta que se mantenía abierta, pudieron darse cuenta de que la persona que buscaban se posaba frente a ellos.
—¿En qué puedo ayudarlos? —dijo.
—¡Gusano!
Se acercaron al hombre con caras de asesinato. Lentamente fueron sacando sus cuchillos y empuñando sus manos, uno sacó un revólver. Era el momento de la verdad.
—No puedes ayudarnos en nada porque ya nos has hecho mucho daño.
—¿De qué hablan?
—No te hagas el tonto.
—Se los digo en serio, por favor, díganme qué he hecho para ver cómo puedo recompensarlos.
Terminaron por sentarse alrededor de una mesa y conversar tranquilamente. Los hombres le hablaron sobre diversos daños que habían sufrido y que, argumentaban, eran culpa de ese hombre moreno. Comentaron algo sobre la muerte de alguna dama, el sufrimiento de uno que otro padre y las constantes adicciones de sus hermanos o primos cercanos y lejanos.
—Entiendo —respondió el espigado interlocutor—. Para ayudarlos a superar este problema, necesito que, por favor, me acompañen a la habitación que hay al final de la casa.
—¿No pretenderás ponernos una trampa, cierto?
—No vayas a salirnos con que en esa habitación tienes una pistola.
—Tranquilos, no haré nada de eso —dijo el moreno y sonrió.
—Más te vale, pues a la primera sospecha te meto un tiro en la cabeza —dijo Rolando Locura.
Se pusieron de pie y caminaron en la dirección acusada. La casa era pequeña, pero tenía muchas puertecillas que llevaban a quizá cuáles lugares. Finalmente estuvieron afuera de una puerta de color negro.
—Aquí es. Si gustan entran de a uno o todos a la vez.
—Vamos todos.
Y entraron.
La habitación tenía únicamente la cama y un escritorio sobre el cual había una laptop Acer color rojo, además de una cómoda silla.
—Aquí es donde trabajo —comentó el hombre abriendo sus brazos—, esa máquina roja que ven allí —apuntó— es el lugar desde el cual hago toda la magia.
—¿Eres escritor? ¿Fotógrafo? ¿Bloguero?
—Escritor sería lo más cercano, mas no sé si “escritor” sea la palabra adecuada... pero de que escribo, escribo —hizo una pausa mientras observaba a los hombres—... Bueno, para dejar de perder tiempo, necesito que uno de ustedes se ponga a mi lado, mientras yo me siento frente al computador y les revelo la verdad.
El hombre tomó asiento frente a la laptop y, acto seguido, Rolando Locura se puso a su lado.
—A continuación, Rolando, necesito que leas lo que escribiré en la pantalla —dijo el escritor.
—Okey—respondió Rolando Locura.
En la pantalla de la computadora portátil se abrió un software que proyectó un cuadro color granate encima del cual comenzaron a tipearse letras color mostaza:

«Los hombres que estaban en mi habitación quedaron paralizados. Podían escucharme y contestarme, pero sus cuerpos estaban rígidos como piedra...».

Rolando Locura terminó de leer aquellas frases y vio cómo el hombre moreno se daba vuelta hacia su rostro con una sonrisa perturbadora.
—Bueno, caballeros, esto era lo que tenía que mostrarles, nada más ni nada menos.
La atmósfera de la habitación se volvió lúgubre, como si alguien hubiera apagado una vela que la iluminara minutos antes. Los hombres se miraron los unos a los otros sin comprender qué ocurría.
—Esto debe ser una broma —dijo Rolando Locura.
—¿Por qué lo dices?
—¿Nos trajiste para esto?
—Sí.
—¿Realmente nos trajiste para que yo leyera lo que ibas a escribir?
—Así es.
—Tu broma no me parece graciosa —dijo Rolando Locura.
Recordó entonces todos los daños que el hombre le había provocado y entendió lo que acababa de ocurrir como si fuera el último perjuicio que iba aceptar. Nadie iba a reírse otra vez de él. Se dispuso a tomar la pistola para matarlo, pero notó, como podrás notarlo también tú, lector, que no pudo mover ni uno de sus músculos.
Sus acompañantes lo observaron, en la misma situación.
Los hombres que estaban en mi habitación quedaron paralizados. Podían escucharme y contestarme, pero sus cuerpos estaban rígidos como piedra. Tuve que decirles la verdad y me puse en medio de ellos, de manera que pudieran observarme.
—Ustedes, mis queridos amigos, son personajes de la más pura y real ficción. Yo los inventé y los hice venir hasta acá desde un bar llamado “Visita”, cuya locación en realidad no existe más que en mi imaginación.
—Pero...
—No me interrumpas, por favor, no quiero tener que matarte aquí mismo, o hacerte desaparecer... Continuando, debo confesarles que lamento los tormentos que han de haber pasado, pero sus calamidades no son más que el alimento necesario, los leños necesarios, para que yo escriba mis ficciones e historias. Mi mente es libre de crear lo que desee y, si por alguna razón ustedes se ven afectados negativamente, me temo que no puedo hacer nada al respecto, además de comprenderlos y, quizá, sentir un poco de simpatía por esta, su inservible y pueril rebelión.
»Estarán ustedes, entonces, sorprendidos de que todo aquello cuanto yo escriba en mi computador afecte directamente en sus vidas. Pues ahora les digo que no tengan miedo, pues sus vidas no existen más que en la medida que un lector o dos o, si tenemos suerte, un grupo de lectores, tropiezan con esta sencilla historia que estoy relatando y, por qué no decirlo, viviendo.
—¿Qué harás con nosotros?
—He dicho que no me interrumpan —dije mirándolos a todos de forma severa.
Me dirigí a la computadora y dije a Rolando Locura.
—Lee lo siguiente, por favor, será lo último que te pida leer.
«Los cuatro hombres perdieron la vista...».
Los cuatro hombres perdieron la vista y comenzaron a gritar y llorar producto de lo que les estaba sucediendo. Escuché garabatos en mi nombre y plegarias de todo tipo. Considera, por favor, lector o lectora, que ellos estaban inmóviles. La situación era de lo más patético que pueda imaginarse. Ciegos e inmóviles, ¿qué faltaba?
Escribí:
«Los hombres comenzaron a hundirse en el piso de la habitación...».
Los hombres comenzaron a hundirse en el piso de la habitación, lentamente. Su desesperación fue en aumento, ahora los ciegos no comprendían qué estaba ocurriendo, ya que no habían oído más que el teclear de mis dedos sobre la laptop. Sus lamentos me erizaban los vellos.
—Silencio, por favor, silencio. Nada ocurre —dije.
—¡Cómo puedes decirnos que nada ocurre, si estás haciéndonos sufrir y morir de a poco! ¡Eres un demonio!
—Un demonio es algo demasiado abstracto, queridos amigos. Yo soy un simple artista jugando con ustedes dentro de un cuento cuyo final nadie de nosotros conoce, pues no sé si será leído.
»Para que vean que no soy un desgraciado, les regalaré la opción de ser felices olvidando todo lo que ha ocurrido esta tarde, pero con una pequeña repercusión en vuestras existencias, a modo de retribución por la pequeña e insignificante rebelión que han deseado realizar en su intento de matarme.
—¿Qué nos harás ahora?
—Volverán a sus vidas comunes y corrientes, olvidarán lo que ha ocurrido, pero de un momento a otro volverán acá, una y otra vez hasta que nadie más vuelva a leer esta historia.
—¡Desearíamos que así fuera! —dijo Rolando.
—Y tú, Rolando Locura, puesto que eres quien decidió en un primer momento capturarme, serás condenado a ser considerado un loco por todos los habitantes de mis cuentos, pues en tu apellido siempre va a residir la locura, aunque seas un tipo común y corriente.
»Y con eso me despido, mis muchachos... adiós —dije y me precipité sobre el teclado del laptop.

« ROLANDO LOCURA estaba loco. Ese era el comentario que todos hacían de él, a pesar de desconocer la razón de aquel calificativo, más allá de la relación que podía establecerse con su apellido ».







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