lunes, 14 de noviembre de 2016

Tristeza tiempo

I.

A veces recuerdo mi infancia, ¿la has recordado tú? La bella y triste época cuando fuimos niños.
Yo no la recuerdo como ese tiempo feliz y libre de problemas. La infancia no puede ser tratada como un lugar común. Yo recuerdo cuestiones específicas.
Por ejemplo, recuerdo que a mí me gustaba dibujar. Una vez la profesora nos dio como tarea dibujar un ave y después colorearla. Durante los primero minutos todos nos pusimos a trabajar sin descanso. Después comenzó el caos, como en todo grupo de niños. Algunos compañeros gritaban y reían, otros simplemente correteaban por la sala. Yo, en cambio, me mantuve sentado.

--¿Qué te pasa hoy día, Hans?
--Nada, ¿por qué?

No recuerdo qué compañera me preguntó eso, pero sí recuerdo que ese día en específico yo no quería jugar, ni ponerme de pie, ni conversar con mis compañeros. Yo solamente quería dibujar aquel ave. Dibujarla y después pintarla con los colores más bellos de mi estuche.
Esas dos horas pasaron volando para algunos, mientras para mí fueron un tiempo de dedicación máxima. Fui de los pocos que entregaron el trabajo a tiempo. No tuve que pedir más plazo para terminar. La profesora me felicitó e hizo un comentario sobre mi estado de ánimo. No escuché ese comentario.
A la semana siguiente, en la misma clase de artes, la profesora hizo algunos comentarios sobre los dibujos entregados. Después de entregarlos todos aún faltaba el mío. Yo estaba esperando y ella no tardó en decir mi nombre. Cuando me puse de pie vi que la profesora mostraba mi trabajo a todos mis compañeros. Destaco los colores y los trazos que yo había hecho sin querer. Comentó a todos que esa era la clase de trabajo que esperaba de los demás estudiantes.
Recibí mi trabajo y en el más absoluto mutismo regresé a mi puesto. Me molestó lo que había dicho la profesora, ese día yo no quería destacar en nada.
A pesar de ese pequeño triunfo, yo no quería destacar en nada.

II.
La mujer llega borracha a su casa, da un tropiezo y choca contra una mesita pequeña, bota un florero. La mujer se queda quieta y su rostro dibuja una mueca de humildad. Piensa "la cagué". Se quita los zapatos y continúa caminando por el pasillo alfombrado. La casa está en penumbras. Se oyen unos pasos bajando la escalera.
Mario aparece frente a ella. Al principio está enojado, pero se le va quitando a medida que nota que la mujer está demasiado borracha como para entender que aquello que hace está mal, que aquello no corresponde porque sus hijos duermen y son las tres de la mañana. El hombre quisiera conversar la situación. Esto no da para más, desea gritarle que deberían separarse, aunque cueste, ahí mismo. Ella le entrega los zapatos y camina hacia la escalera. Él la toma del brazo para ayudarla a subir.

--Vamos --le dice.

Triste es la escena. La casa lúgubre, los vecinos duermen. La pareja, esa misma que alguna vez irradió alegría y tranquilidad en los parques de la ciudad, hoy se encuentra sumida en la penumbra de una escalera en su casa nueva.
Una vez arriba, lo de siempre. Golpes. Mario comienza a golpearla porque esa es la única manera de hacer que su mujer entienda lo que sucede. Con cada golpe le dice "terminemos esto", con cada golpe repite "estoy harto de este estilo de vida", "quédate ahí de una vez" o quizá muy en su interior quiere decirle "termina con esta actitud y seamos felices". Esto último es lo menos probable, al parecer ya han peleado demasiado.
Afuera, un perro aulla a la luna. Adentro, la hija duerme. Adentro, el hijo está despierto oyendo los golpes en el silencio de la noche.

III.
A los quince años decidí que mi meta sería desaparecer. Empecé a ver películas, leer mucho y entrenar mi cuerpo, pues de esa forma podía estar solo sin levantar las sospechas de mis cercanos. Para leer necesitas estar solo, para ver películas no hay problema si estás solo y para ejercitarte puedes estar alejado.
Empecé a convertirme en un ser ostrásico, aislado del mundo, cuyos únicos problemas eran los que se planteaban en las obras de ficción que leía o veía y los problemas de mi resistencia física. Nada me importaba más que aquello que ocurría a los héroes de las novelas que leía o las películas que veía. Dentro del dormitorio las cosas fluían a otro ritmo, nada era peligroso y parecía, a veces, que el tiempo se detenía. De vez en cuando venía a visitarme algún amigo. Conversábamos un rato y luego me volvía a quedar solo. Yo no me enojaba ni perturbaba por esta situación, pues me remitía a hacer la rutina de todos los días: leer, ver, hacer.
Esta actitud comenzó a molestar a mis padres, quienes se vieron en la obligación de sacarme de allí a la fuerza. Hubo gritos y llanto.
Ir a la calle fue algo traumático aquel día. De pronto el sol me quemaba, los autos emitían un ruido horrible y las personas caminaban más rápido de lo esperado. Todo aquello que había leído en libros y visto en películas me parecía ahora extraño, ajeno. Y mi fuerza no servía para nada.
Un perro se acercó a mí. Lo acaricié. En ese momento pregunté a mis padres cuánto tiempo había pasado desde mi alejamiento hacia la habitación. Ellos me revelaron la verdad: había estado allí dos años.
Lo peor de todo era no acordarme de nada, no haber notado cómo había pasado el tiempo.El único cambio que percibía era el de mis músculos entrenados.

IV.
¿En qué momento las mujeres decidimos tener hijos? ¿En qué momento de nuestra vida aceptamos que tendremos a alguien adentro? ¿En qué momento aceptamos que condenaremos a otra persona a sufrir lo que nosotros ya sufrimos? Para mí la decisión fue tomada un día que miraba por la ventana el día nublado que se proyectaba delante mío. Sentí que yo misma me daba asco.
Todo tiene una historia, cada pedazo de cada objeto en este mundo tiene una historia. La esquina de un espejo tiene historia, un clavo puesto en un muro, un cepillo de dientes. Todo tiene historia, tu ropa interior, tus zapatillas y el bolígrafo que usas para firmar. Darse cuenta de ello es extraño. Hoy en día me cuesta mirar el mundo con desinterés, cada elemento se me presenta misterioso, inabarcable.
He comenzado a buscar soluciones para no abrumar mi mente, pues saberme tan pequeña en este universo comienza a volverme loca. Al comienzo empecé con pastillas simples, algo que me hiciera dormir. El problema llegaba al levantarme, cada vez que abría los ojos y veía el cielorraso me daba cuenta de lo ínfima que seguía siendo mi existencia. Pensé en matarme, pero aquello me ahogaría aún más en el perpetuo abismo de la efímera existencia.
Terminé cayendo en el alcohol porque era lo más fácil y barato. No pensé que fuera tan efectivo. Salvo por las jaquecas durante la mañana, no había otro problema. A veces me siento demasiado aturdida, pero al beber mis problemas desaparecen. Aunque parezca imposible, el vacío que tengo dentro mío deja de existir. ¿Dónde se va la pena cuando bebemos? A algún lugar donde también se va el tiempo.
De pronto pasan años y abres los ojos: tal vez hiciste daño, tal vez te salvaste. Algo ocurrió, una nube cruzó el cielo, una hoja cayó de un árbol, tienes golpes... de pronto tu vida se acaba y ya no hay tiempo.

jueves, 10 de noviembre de 2016

MUERE MIENTRAS SUFRES EN VANO

Dejemos de pensar en el dinero
y pensemos.
El sol se encumbra
y la gente ríe,
corre tras tu esperanza,
manchas tus zapatillas con grasa,
oyes música desde tu smartphone.
Dejemos de tirar los pensamiento
al tibio tacho
de los sueños rotos.

No dejes de avanzar,
lucha por la muerte aunque sea en vano.
La alegria espera
a quien sufre caminando cabizbajo,
a quien ríe una mañana,
la alegria explota en el rostro
de un tipo que sube a vender pinzas
en las micros.

La alegría no existe.
Por mucho que rayes las paredes
y escribas grafitis inteligentes.
Por muchas películas románticas siglo XXI que veas
no va a aparecer nadie doblando la esquina,
no va a estar nadie esperándote con un vestido verde
para saludarte con un golpe cariñoso
y un abrazo tan grande
como tu soledad y tu pena.

Demonios,
qué despechado de la vida estás.

Quédate encerrado en tu cuarto
escucha tus canciones japonesas,
escucha tu música metal,
muerde el polvo sabiendo
que no haces nada que otros no hayan hecho antes.
La alegría
no existe.

martes, 8 de noviembre de 2016

La inmediatez en el arte

Walter Benjamin y Paul Virilio tenían razón. El arte de la inmediatez ha destruido el arte real.
Entras a un navegador de internet. Buscas blogs de escritores, sean quienes sean, ojalá desconocidos. Todos se creen el mejor de todos con su método de escritura. Lees sus cuentos, sus poemas y reflexiones sobre el arte de escribir. Pareciera ser que todos se toman en serio esto de escribir, como si buscaran vivir del arte. Cada uno con su propio camino y mismo modo de funcionar: escribir, editar, colgar en internet. 
Son escritores de la inmediatez.
No puedes negar que existen textos buenos, quizá un poema con algunos versos interesantes o algún ensayo que te hace reflexionar. Pero en general todo carece de profundidad, todo se nota escrito con rapidez, producto de un proceso poco prolijo.
Imagino el momento de la concepción del objeto artístico: va el escritor caminando por la calle y de pronto algo ha cambiado. En medio de su soledad, la lucidez cae sobre su mente y aparece una pequeña luz que, como una obligación divina, debe ser convertida en arte. Entonces el escritor levanta la vista y el mundo se vuelve una realidad entendible, todo encaja y ese entendimiento debe ser escrito o dibujado o convertido en canción. Si tiene suerte (o si su método lo incluye) sacará una libreta y anotará la idea. Ahora es cuestión de llegar a casa.
El artista llega a su casa --hablaremos de escritor, por cuestiones de oficio-- y decide que escribirá un cuento con aquella idea. De camino pensó en la trama, los personajes y en el final que, tal vez confuso, ya está bosquejado. Se sienta al computador y empieza a escribir. La venia de las musas recae en él y tiene la gracia de escribir el cuento de una sentada. Después de esto decide descansar, la labor artística lo ha dejado extenuado.
La historia culmina con el escritor editando un par de veces más. Luego abre su blog y publica su pequeña --pero no por eso poco importante-- obra. 
Lo interesante es que el escritor puso todo su esfuerzo en ese texto, buscó la perfección, la esquiva obra maestra, intentó escribir lo mejor que podía. 
Lamentablemente el fin de ese cuento fue ser puesto en internet para que lo leo un tipo o tipa cualquiera y opine --esto el escritor lo espera-- algo positivo sobre el texto.

-Estuvo maravilloso, me gustó cómo el personaje demostró su locura...
-Realmente lograste captar la esencia de las mujeres discriminadas..
-Has mejorado mucho en el último tiempo...
etc...

¿Podrá el arte llegar lejos teniendo en cuenta que este proceso se repite una y otra vez hasta el infinito una millonada de veces entre los escritores noveles del planeta? ¿Habrá relevancia artística --con relevancia me refiero a textos decisivos como los de Kafka o García Márquez y gran parte de los escritores del siglo pasado-- si los escritores no buscan más que subir sus textos a una plataforma de internet donde la validación se da dentro de ese solo microverso abstracto? ¿Cómo lograr buen arte si los lugares en que el arte se está moviendo ya no son los del arte?Los receptores del arte no son más que tipos que nadan dentro del mismo estanque. Todos publican y se comentan entre sí, un feedback eterno.
Aristóteles dijo (hace 2051 años aproximadamente) en su texto Poética que el arte imitaba la realidad. Eso ya fue debatido por estudiosos como Dolecel o el mismísimo Auerbach, pero existe una cuestión que ha sido inamovible: el arte tiene su sustento en la realidad del hombre, en el choque del hombre con esta.
Y no es que tenga una visión materialista de las cosas, pero cuesta entender las razones por las cuales el arte se mueve en el submundo de la internet al igual que las noticias falsas de Facebook o los comentarios básicos de un Twitter. ¿Cómo va a impactar el arte en el ser humano si este ya no sabe lo que es un libro --textura, aroma-- ni entiende la relevancia de esto? Lo peor no son los lectores, no le vamos a echar la culpa a ellos. El error es de parte de quienes escriben, quienes no lo hacen más que por el edonismo (pues varios dirán que escriben porque les gusta solamente, pero omitiran que también les agrada la pose de artista). La literatura no puede estar condenada a vivir en Wattpad o Wordpress entre hienas literarias que validan estas plataformas.
Terminaré esta reflexión dejando un video de Hernán Rivera Letelier donde da ciertas luces sobre una forma de percibir el arte a la cual yo mismo adhiero.



domingo, 6 de noviembre de 2016

KNOCKED UP


I.

A veces me siento triste desde la nada.
Enciendo la radio y están pasando justo una canción que me envía directo a un recuerdo muy lejano. Y allí divago un rato. Me quedo pegado en la canción, dando vueltas en el mundo que me proyecta. La tristeza comienza a inundar mi espíritu. Me convierto en un tipo ajeno, ensimismado.
Caigo como un niño al agua. Me sumerjo en los dolores, en la pena, en la soledad. Allí nado. Allí, en ese fondo lúgubre, paso el tiempo necesario para que una pequeña llama arda en mi interior. Entonces la cubro y decido salir a flote.
Afuera, la llama se convierte en ira, enojo y furia. Quisiera destruir con ella el mundo, porque pareciera que el mundo es la causa de mis males. El mundo con sus reglas fortuitas y arbitrarias, sus microespacios en los cuales no existe cabida para la vida real. Al salir del agua quisiera ir a todas las partes en donde alguien me conoce para solamente escupirle.
Esta situación ocurre muy a menudo. Llega a ser molesto algunos días, pues a veces parece que jamás saldré del agua.
Me dijeron que una de las soluciones para superar mi problema era crear arte, escribir poemas o cuentos. Lo he hecho un par de veces, pero la mayoría de las veces la rabia con que aparezco de vuelta al mundo real es tal, que no deseo escribir, ni dibujar, ni hablarle a nadie. Hay veces en que no deseo que los demás sepan qué me ocurre.

II.
Imagino un bosque un día nublado. Imagino que me levanto de la cama y camino hacia los árboles. Salgo de casa, hace frío. Una brisa recorre mi rostro y mi cabello.
A medida que avanzo quedan atrás los ladridos de perro, los motores de los automóviles y los ruidos de los celulares. El bosque es como un abismo al cual quiero caer. Con mis pies descalzos voy sobre las hojas húmedas.
La mayoría de los árboles son abedules. Tristes y delgados abedules que danzan movidos por el viento. Siento que podría quedarme aquí para siempre. Empiezo a entrar, pues, en el terreno de los imposibles. Nada de lo que haga detendrá el tiempo. Por mucho que me abrace a un árbol, el tiempo seguirá avanzando.
Me detengo en un lugar en el cual una roca me sirve de asiento. Las palmas de mis manos la sienten: está fría. Allí respiro y dirijo mi atención al rumor del viento sobre las ramas de los abedules.
Sé que hay gente que debe estar en su computador, trabajando mientras de fondo oye el ruido de un televisor eternamente encendido. En otro lugar debe haber un profesor revisando pruebas o un alumno dedicando su tiempo al estudio para un certamen en la universidad. Yo me contento con estar aquí sentado, disfrutando de la brisa.
El lugar en el que estoy ahora es el más importante del planeta.

III.
Podría pasar tardes completas mirando fotos.
En mi casa hay un álbum viejo en el cual mis padres reunieron todas las fotografías que tomaron durante el verano del ’99.
A medida que paso las hojas veo a muchas personas sonriendo en poses variadas, ya sea sentados en la tierra o dentro de una casa, todos están indudablemente disfrutando de cada momento.
De pronto noto una foto que llama mi atención. Al fondo se ve una playa, mi madre está en primer plano sonriendo hacia la cámara y mi padre está detrás haciéndole cosquillas. Hay más personas en la fotografía, pero no las conozco, ¿qué será de ellos? Todos visten ropa muy colorida.
Según mi hermano ese álbum de fotos debiera ser tirado a la basura, pues todas las fotografías que hay allí están respaldadas en un disco duro externo de 50 TB. Realmente no entiendo su lógica. Las fotografías son para mirarlas, no para tenerlas en un disco duro de 50 TB.
Afuera cae la lluvia. Ese es el telón de fondo para esta escena.
Encuentro una fotografía donde sale una chica sola. Tiene los ojos verdes y una sonrisa oculta a medias por una bufanda. Se le nota una felicidad tranquila y real. En la esquina inferior de la foto hay escritas, con lápiz tinta azul, las letras CM. Pienso que deben ser de su nombre. ¿Dónde vivirá hoy? ¿Sabrá que tengo entre mis manos una fotografía suya? ¿Sabrá que alguien, años después de ese momento, la sigue encontrando hermosa?
Tal vez cuando se tomó esa foto no pensó en nada.

IV.
Hoy vino mi prima a beber té durante la tarde. Como cada vez, terminamos haciendo el amor en mi habitación. Nadie sabe de nuestra relación, la cual comenzó hace muchos años, en la segunda infancia, cuando comenzábamos a tener conciencia del mundo. Un día, jugando, nos dimos un beso, luego otro y otro. Estuvimos aquella tarde entera besándonos atrás de la casa. No entendíamos la razón de hacerlo, pero nos divertía. Sabíamos que estaba prohibido.
Quisiéramos poder estar juntos, amarnos sin miedo a que nos encuentren. Nos gustaría poder conversar y reírnos frente a todos como una pareja común y corriente.
Una vez, solo por sentirnos libres un momento, nos fuimos a vivir juntos a una ciudad lejos de nuestras casas. Allí arrendamos un departamento con vista a la playa. Pasamos dos meses ahí. Salíamos a pasear durante las tardes y despertábamos temprano en las mañanas para ir a comer algo. Bebíamos cerveza y nos tomábamos de la mano en las calles. Nos hicimos amigos de algunos vecinos y otras parejas. Podíamos presentarnos como novios. No sabes cómo se sentía aquella ficticia libertad.
Últimamente hacemos el amor sin protegernos. Ser padres es nuestro anhelo secreto, aquel que guardamos desde la niñez. Nos vemos tres veces a la semana y hacemos el amor esperando que ella quede embarazada.
Tal vez eso funcione.
O tal vez.
Nadie tiene la receta perfecta para la felicidad. Todas las cosas pasan con una terrible normalidad.

jueves, 27 de octubre de 2016

DIVAGAR

Aburrido
infame
yo escribo en automático.

Destruido
caníbal del pensamiento.

Mi mente traviesa
atraviesa los campos
y llanuras
en un correr incansable
con la mirada fija en los
espejos
que recrean el espejismo.
Respiro
en la capa inferior
de la frontera.
L a t i n o a m é
rica.
Punto.

Al que piense,
que le cueste.
A la bruma
desayuna
un tipo tirado
en mitad de la calle.
Y los perros
se ensombrecen
y le ladran
a las panderetas de mi villa.

En la plaza
un columpio oscila
su color brilla,
su sombra triste
espera la llegada
de una niña.

El único farol que está en la esquina
brilla.

viernes, 21 de octubre de 2016

Sentado en la SDP

Noto mi cansancio por mi letra.
Tan cansado estoy que veo borroso...
me pican los ojos,
no tengo internet.

Busco tiempo entre hora y hora,
desesperado.
Escucho
a los demás,
ellos son viejos,
tal vez son mi futuro,
mi castigo,
mi karma
y demás cuestiones
negativas.

Siento que estoy
volviéndome loco,
mustio de cansancio,
calcinado,
borrable,
prescindible.

¿Será que mi tiempo
va distinto
al de todos?
¿Estaré perdiendo
minutos valiosos
provocando una pena que caerá sobre mí
en los últimos años de mi vida?

No me siento correspondido
con nadie más
que mi propio pasado.
Y mi pasado
no me gusta,
me da pena,
él se ríe
y ya me tiene cansado.

domingo, 16 de octubre de 2016

Pienso



Cambia tu foto de perfil cuantas veces quieras,
el perfil de tu rostro seguirá igual.

Tu estado de Facebook
jamás igualará tu estado de ánimo.

Una fotografía
no es el viaje.

El extracto de un cuento
no es el cuento,
porque probablemente
no has terminado el cuento,
no has avanzado al siguiente nivel.

Sigues estancado. Tienes "bloqueo de escritor". Mentira. Ese es el nombre que le pones a tu flojera y poco trabajo. No estás bloqueado ni estás sin las musas, simplemente eres un vago que no acepta su condición.
Te lo pasas metido en páginas web donde no deberías, te lo pasas metido en softwares que no te sirven de nada, te lo pasas leyendo libros que no sirven de nada, te lo pasas escribiendo historias que son solo repeticiones de otras que tienes de años antes, te lo pasas ufanándote de una historia que demoraste cinco años en escribir y que nunca llegó a puerto.
Quema todo.
Y avanza.

Old Rolling Stones

Música pirata
de 23:49.
Secreto nocturno
y la paz cae con la noche,
cae también el frío nocturno.
La lluvia
es
tu propia
traición.

Te mantienes atado
a la soledad perpetua
de un lugar que se detiene
y un tiempo que avanza
simulando
que te miras a un espejo
y te das risa y  te das pena.

El cubo donde escribo
ahora es de hielo.

lunes, 5 de septiembre de 2016

COLT

Sigo perdiendo el tiempo,
Ficción.

Entre sueño y sueño
no voy a lograr más que gastar
mis zapatillas
en las veredas de mi mente.

Quizá hoy por la mañana
desperté sin dolor.

miércoles, 31 de agosto de 2016

Tiempo libre

No hay vacaciones,
no hay tiempo libre.
La literatura
descansa en sí misma
y en su ejercicio.

jueves, 11 de agosto de 2016

NO ERES ESCRITOR

No eres escritor por tener un blog
donde pones un cuento una vez al mes
o un poemadevezencuando.
No eres escritor por leer mucho
o escribir sobre cómo ser escritor.
No eres escritor por publicar en Wattpad
ni por participar en concursos de 100 palabras.
No eres escritor por hacer talleres de escritura
ni eres escritor por participar en Nanowrimo.
No eres escritor por conocer la vida de un autor
ni por haber leído todos los libros
de una saga.
No eres escritor porque escribes en un cuaderno
con tu lápiz Bic
ni eres escritor por tener
en una laptop
una carpeta ordenada
con todos tus cuentos y poemas.
No eres escritor por escribir una hora
o mil palabras
diarias.

No eres escritor porque te catalogas de escritor.

Ni si quiera eres escritor por escribir
con bonita ortografía
sin ocupar el corrector de Word.
No eres escritor por tener muchos cuentos escritos
que no le has mostrado a nadie.
No eres escritor si te autopublicas y nadie te pesca.
No eres escritor porque pusiste tu novela en Amazon.
No eres escritor si solo te conocen en Facebook
y la fanpage la hiciste tú.
No eres escritor por colgar videos en Youtube
o por tener un podcast de literatura en Ivoox.
No eres escritor por tener tres novelas "en desarrollo"
o por haber definido tu estilo narrativo
o porque decidiste que escribirás ciencia ficción
o fantasía
o realismo
o steampunk
o cualquier otra huevada.
No eres escritor por ver videos de charlas TED,
ni eres escritor porque escribes desde los 14
y tu viejo cuico te editó un libro cuando eras un pendejo.
No eres escritor porque tu autor favorito era genial,
ni porque odias a Coelho o a Isabel Allende
porque ellos sí son escritores
y ya hicieron el camino
( aunque esto te pique en el culo ).
No eres escritor por tener mil lectores fantasmas en tu blog
o porque un cuento tuyo aparece
en una revista online
o porque visitas y publicas en un foro
donde te haces respetar frente a otros imbéciles iguales a ti,
igual de mediocres que tú
igual de simplones que tú
igual de normales que tú.

Solo eres escritor
si vives de escribir
y vives para escribir.
No eres escritor cuando tu mayor preocupación
es tener un trabajo de 8 a 5
o buscar cómo llegar
a pagar tus deudas
al puto fin de mes.

No eres escritor por estar en internet.

domingo, 7 de agosto de 2016

Habitación 204

—Te buscan. Anda tú a ver quien es porque yo estoy ocupada —gritó mi mamá desde alguna parte de la casa.

No reaccioné al tiro, pero desperté. Me refregué los ojos que acompañé con ese bostezo eterno que aparece a primera hora del día, miré el cielorraso, apreté los párpados. Me despegué como pude de las sábanas para mirar por la ventana y ver quien me buscaba.

Salí disparado al baño, muerto de frío y en puros calzoncillos. Me lavé los dientes como pude, mi cara la refregué un poco con agua, oriné. Me eyecté hasta la pieza otra vez, pesqué la ropa del día anterior que estaba tirada a los pies de la cama y me vestí con ella. En todo ese rato no pensaba en nada, ni las tareas, ni si tenía clases o algo que estudiar; lo importante era moverme lo más rápido posible hasta la reja de la casa.

Estaba la María Jesús esperándome sentada en la vereda. Al salir la vi de espalda. Apenas cuando cerré el portón, se dio vuelta y me vio, se quiso reír pero no pudo.

—¿Qué onda? —pregunté mientras me iba sentando lento a su lado.
—La misma mierda de siempre —respondió sin mirarme a la cara.

No le quise preguntar más. Al final íbamos a acabar como en todas las conversaciones anteriores parecidas a esta: toda la culpa la tienen los hombres, que son unos maricones. Yo sabía cual era “la misma mierda de siempre”. Miramos un rato la vereda del frente y las casas altas. Ambos podíamos sentir y oír la respiración del otro. Yo no me movía, ella en cambio, a veces se arreglaba el pelo que le hacía bailar el viento. Esta misma situación pasaba varias veces por mes, cuando la María Jesús peleaba con su padrasto, con el que tenía una relación, que obvio, su mamá no conocía. Siempre que peleaba con el viejo este, llegaba a mi casa a buscarme, yo salía, esperábamos un rato, juntos, hasta que se le pasase la rabia. Pasaron unos minutos y pasaron también autos por la calle, respiré hondo, para pararme,  y la invité a que fuésemos a la plaza, total, allá siempre se le quitaba el enojo y terminábamos pegándonos, riéndonos o haciendo alguna tontera.

Y así fue otra vez.

Estábamos sentados sobre la banca, con los pies donde se supone debíamos ir nosotros, y molestando a unos niños que estaban jugando a la pelota con una botella de bebida. De repente me acordé del sitio del frente de la plaza, íbamos allí a veces a tomar cerveza en la tarde o a pasar el rato nada más, pero con la María Jesús yo nunca había ido.

—Supongo que has ido al terreno que está al frente de donde vivían los papás de la Fernanda —le dije mientras apuntaba el lugar lleno de escombros.
—Una vez, pero hace harto, ¿por? ¿vamos?

Me paré sin responder y empecé a caminar hacia allá.

—Pero espérame.

Me puse a correr para que se viera obligada a alcanzarme. Nos reímos  mientras ella intentaba agarrarme y yo me movía para evitarlo. Cuando estuvimos ahí, me limité a abrir los alambres de púas para que ella entrara primero. Cuando estuvo dentro pasé yo.

El lugar era grande, gigante y estaba lleno de chatarra y pastelones de cemento de cuando habían pavimentado las calles. Uno se podía encontrar tubos de cemento de los usados al hacer cañerías, herramientas y fierros por doquier, todo oxidado. El sitio era usado por la comunidad a modo de vertedero, así que de vez en cuando se veía a alguna u otra persona tirando la basura en él, sin importar cuanto tiempo pudiera pasar, contando con ello, el saber que el sitio estaba así desde hacía 7 años, cuando se habían terminado las obras en todo el recinto. Vivía todo tipo de cosas y animales allí, desde personas que pernoctaban una que otra noche, pasando por ratones de todo  tipo, hasta perros callejeros y quizás qué otro animal que desconocíamos (murciélagos, qué se yo).

Nos agradaba a todos el sitio, era espacioso y permitía jugar y salirse de las reglas. Como niños o jóvenes que fuésemos, nos encantaba todo lo que tuviera cierto aire a “libertad”, así que al entrar en el terreno baldío sentíamos algo en el pecho que nos hacía olvidar lo molesto del mundo moderno, de los padres y la familia completa.

Nos sentamos sobre un montón de escombros de cemento, una tubería gigantesca nos sirvió de base, y con los pies colgando y moviendo las piernas, una vez más, nos quedamos callados. No entiendo muy bien por qué, pero siempre era lo mismo: llegábamos allí, y nos poníamos a mirar todo como si fuese nuestra primera visita, siempre pensando en encontrar algo nuevo que nos llamase la atención. Lo mejor de todo esto, era no ser defraudados jamás y encontrar en todas las oportunidades, algún escondrijo o herramienta tirada por ahí. Era una caja de pandora con todas sus letras.

Era normal encontrar bajo las piedras a un poeta
o bajo el cielo
una maravilla más para enaltecer la imaginación;
o los avatares múltiples
para acabar de una vez
con lo que nos molestaba.

Ese día miércoles (jamás olvidaré que fue un miércoles), fue mi amiga la que encontró algo.

—¿Qué es eso de allá? —la María Jesús me tiró de la manga.
—¿Dónde?
—Ahí, mira... a ver, mejor acompáñame.

Los dos saltamos desde el tubo hacia la arena. Yo la seguí a ciegas, porque no sabía a donde apuntaba o donde quería ir la Jesús.

—¿Ves ahora?

Claro que veía, bajo un pedazo grande de pastelón de cemento, se veía algo parecido a un agujero del cuál no nos habíamos dado cuenta en todas nuestras visitas (por separado, obviamente). Me acerqué a ver si podíamos levantar el cuadro de cemento para poder mirar bien. Pero nada. Era demasiado grande.

—Mira, yo solo no voy a levantarlo nunca, ayúdame a ver si hacemos algo.
—Espera.

La María Jesús fue a buscar una piedra.

—Miguel, tráeme ese tronco que está allá —apuntó uno que había a dos o tres metros— a ver si podemos hacer palanca para levantarlo.
—Dale.

Y así lo hicimos. Estuvimos mucho rato, hacía calor (era verano, tampoco voy a olvidar eso, era miércoles y era verano aquel día) por lo que cada cierto rato nos deteníamos a descansar. Hasta que después de cerca de una hora de esfuerzo tremendo pudimos levantar el pastelón. Quedó una abertura de unos 50 cm hacia arriba, por lo que de todas maneras cabía una persona arrastrándose. Con el pastelón medio sobre el aire, pude moverlo un poco, para ver si del otro lado se veía el agujero, unos pocos centímetros me bastaron para que me cansara y para ver que nada se veía. Aún así, se notaba que era un espacio bastante grande, y por el pequeño as de luz que entraba, lográbamos ver solo unas pocas cosas oxidadas.

—Debe tener años este hoyo.
—Si, y nadie se ha dado cuenta parece.
—Eso es obvio, hay herramientas adentro y están oxidadas. De haberlo visto algún vecino o niño, habrían abierto más y sacado las cosas.
—¿Y si entro? —Me miró con sus ojos eternos.
—Igual es peligroso, María.
—Ay, no seas miedoso. Mira, yo entro, porque demás alcanzo, y tú te quedas afuera a recibir las cosas que saque.
—Ya, con cuidado.

Y empezó a entrar. Al principio le costaba pero se notaba que podría hacerlo. Yo estaba parado al lado esperando que bajase, ni siquiera la miraba (tampoco podré olvidar que no estaba mirando), me preocupaba de los vecinos, que no estuvieran husmeando o que viniese algún niño a molestar. Me estaba secando la frente y mirando unos árboles con la mano usándola de visera.

Y ocurrió.

La María Jesús estaba con todo el cuerpo adentro, cuando su zapatilla pasó a llevar la piedra con el tronco. Todo, piedra, tronco y mi amiga, cayeron dentro del agujero, el cual fue tapado de una vez por el pastelón gigante, que cayó de forma seca sobre el lugar.

—¡María Jesús!

Grité varias veces con toda mi alma, pero ella no me contestaba. Intenté tranquilizarme, a pesar de los fuerte que sentía mi pecho latir, miré al rededor del lugar y seguí gritándole, hasta que noté algo que me hizo abrir los ojos como nunca: el agujero, ahora, no se veía desde el exterior. A falta de espacio para comunicarnos, no nos podíamos escuchar el uno al otro.

Entre los dos habíamos movido el pedazo de cemento a duras penas; yo, solo, jamás iba a poder hacer algo. Me puse a correr de inmediato para buscar a mi hermano en la casa.

Sin miedo corrí, pero sí con apuro y desesperación. No grité, ni a nadie di aviso sobre lo ocurrido mientras iba de camino a mi casa.

Me vieron venir corriendo desde la esquina, y quizás ni siquiera eso. No estoy seguro de si siquiera me vieron saltando por la parte de atrás de mi casa, porque no había nadie cuando golpeé. Para qué pensar siquiera en si me habrán visto caer de cabeza desde la pandereta sobre unos ladrillos.

Pero sí me ven donde estoy ahora, en la habitación 204, hace 3 meses, en coma.

Deus ex machina

ROLANDO LOCURA estaba loco. Ese era comentario que todos hacían de él, a pesar de desconocer la razón de aquel calificativo, más allá de la relación que podía establecerse con su apellido.
Rolando Locura era conocido en toda la zona: en los bares, en las esquinas, en las acequias. En todos los poblados a cinco kilómetros a la redonda era conocido. Pero conocido no en la manera en que se conoce a un futbolista o un político. A Rolando Locura todo el mundo, a cinco kilómetros a la redonda, lo conocía de tú a tú. Cara a cada.
Un día viernes 15 Rolando Locura se presentó ante quienes frecuentaban el bar “Visita”. Los presentes se dieron media vuelta —medio espantados, medio curiosos— en dirección a su silueta, que tapaba la sombra a la mesa en que jugaban carioca.
Rolando Locura abrió la boca:
—Estoy buscando a un tipo alto, moreno, de cabello negro y ojos café, puede andar con gafas o con lentes de contacto; su mandíbula inferior sobresale levemente en comparación a la superior. Puedo decirles que su mirada es precisa, casi perfecta, implacable. Espero que ustedes puedan ayudarme a saber dónde se encuentra.
—No lo hemos visto, pero sabemos de quién nos hablas —dijo un tipo que llevaba sombrero de paja.
—Ahora que recuerdo... yo también necesito hablar con él —dijo otro cuyos pantalones eran azules—, te ayudaré a buscarlo...
—A mí también me hizo algo —gritó el tipo que atendía la barra—, déjenme acompañarlos en su caza...
—Bienvenido a todos —dijo Rolando Locura—, continuemos, pues, la búsqueda.
Salieron del bar “Visita” y se encontraron de frente al punzante sol de la ciudad de Olvido. Los dientes de los cuatro varones brillaban. Entrecerraron los ojos frente al sol. Lo único que veían era el sol. ¿Dónde ir? Comenzaron a andar sin rumbo fijo, siguiendo su intuición.
Caminaron buscando al mozo de tez café y ojos inasequibles. Cruzaron montes y llanuras; rieron y lloraron; cantaron y conversaron. Se cansaron, se aturdieron y durmieron. Hasta que por fin, cuando ya no había forma de continuar, llegaron a un campo donde, debido al cansancio, se habían recostado boca-abajo sobre el pasto. Desde allí vieron, a lo lejos, una sombra delgada y alta que llevaba unos lápices y un cuaderno en las manos.
—¡Allí está!
—¡Vamos directo a él!
Mientras se ponían de pie pudieron ver que la silueta entraba en una pequeña choza en mitad del bosque.
De camino, los hombres conversaban.
—Entramos y lo destruimos.
—Correcto —respondió uno.
—Podemos golpearlo y después matarlo.
—Podemos incluso quemarlo.
—Podemos comerlo, triturarlo, descuartizarlo.
—Una vez estemos junto a él, vemos qué se hace —sentenció otro.
Corrieron hasta llegar a la puerta de la casita. Se decidieron a no golpear y entraron de un empellón.
—¡Sal de donde quiera que estés, granuja! —dijo alguno.
Se quedaron de pie en la sala. De pronto, tras una puerta que se mantenía abierta, pudieron darse cuenta de que la persona que buscaban se posaba frente a ellos.
—¿En qué puedo ayudarlos? —dijo.
—¡Gusano!
Se acercaron al hombre con caras de asesinato. Lentamente fueron sacando sus cuchillos y empuñando sus manos, uno sacó un revólver. Era el momento de la verdad.
—No puedes ayudarnos en nada porque ya nos has hecho mucho daño.
—¿De qué hablan?
—No te hagas el tonto.
—Se los digo en serio, por favor, díganme qué he hecho para ver cómo puedo recompensarlos.
Terminaron por sentarse alrededor de una mesa y conversar tranquilamente. Los hombres le hablaron sobre diversos daños que habían sufrido y que, argumentaban, eran culpa de ese hombre moreno. Comentaron algo sobre la muerte de alguna dama, el sufrimiento de uno que otro padre y las constantes adicciones de sus hermanos o primos cercanos y lejanos.
—Entiendo —respondió el espigado interlocutor—. Para ayudarlos a superar este problema, necesito que, por favor, me acompañen a la habitación que hay al final de la casa.
—¿No pretenderás ponernos una trampa, cierto?
—No vayas a salirnos con que en esa habitación tienes una pistola.
—Tranquilos, no haré nada de eso —dijo el moreno y sonrió.
—Más te vale, pues a la primera sospecha te meto un tiro en la cabeza —dijo Rolando Locura.
Se pusieron de pie y caminaron en la dirección acusada. La casa era pequeña, pero tenía muchas puertecillas que llevaban a quizá cuáles lugares. Finalmente estuvieron afuera de una puerta de color negro.
—Aquí es. Si gustan entran de a uno o todos a la vez.
—Vamos todos.
Y entraron.
La habitación tenía únicamente la cama y un escritorio sobre el cual había una laptop Acer color rojo, además de una cómoda silla.
—Aquí es donde trabajo —comentó el hombre abriendo sus brazos—, esa máquina roja que ven allí —apuntó— es el lugar desde el cual hago toda la magia.
—¿Eres escritor? ¿Fotógrafo? ¿Bloguero?
—Escritor sería lo más cercano, mas no sé si “escritor” sea la palabra adecuada... pero de que escribo, escribo —hizo una pausa mientras observaba a los hombres—... Bueno, para dejar de perder tiempo, necesito que uno de ustedes se ponga a mi lado, mientras yo me siento frente al computador y les revelo la verdad.
El hombre tomó asiento frente a la laptop y, acto seguido, Rolando Locura se puso a su lado.
—A continuación, Rolando, necesito que leas lo que escribiré en la pantalla —dijo el escritor.
—Okey—respondió Rolando Locura.
En la pantalla de la computadora portátil se abrió un software que proyectó un cuadro color granate encima del cual comenzaron a tipearse letras color mostaza:

«Los hombres que estaban en mi habitación quedaron paralizados. Podían escucharme y contestarme, pero sus cuerpos estaban rígidos como piedra...».

Rolando Locura terminó de leer aquellas frases y vio cómo el hombre moreno se daba vuelta hacia su rostro con una sonrisa perturbadora.
—Bueno, caballeros, esto era lo que tenía que mostrarles, nada más ni nada menos.
La atmósfera de la habitación se volvió lúgubre, como si alguien hubiera apagado una vela que la iluminara minutos antes. Los hombres se miraron los unos a los otros sin comprender qué ocurría.
—Esto debe ser una broma —dijo Rolando Locura.
—¿Por qué lo dices?
—¿Nos trajiste para esto?
—Sí.
—¿Realmente nos trajiste para que yo leyera lo que ibas a escribir?
—Así es.
—Tu broma no me parece graciosa —dijo Rolando Locura.
Recordó entonces todos los daños que el hombre le había provocado y entendió lo que acababa de ocurrir como si fuera el último perjuicio que iba aceptar. Nadie iba a reírse otra vez de él. Se dispuso a tomar la pistola para matarlo, pero notó, como podrás notarlo también tú, lector, que no pudo mover ni uno de sus músculos.
Sus acompañantes lo observaron, en la misma situación.
Los hombres que estaban en mi habitación quedaron paralizados. Podían escucharme y contestarme, pero sus cuerpos estaban rígidos como piedra. Tuve que decirles la verdad y me puse en medio de ellos, de manera que pudieran observarme.
—Ustedes, mis queridos amigos, son personajes de la más pura y real ficción. Yo los inventé y los hice venir hasta acá desde un bar llamado “Visita”, cuya locación en realidad no existe más que en mi imaginación.
—Pero...
—No me interrumpas, por favor, no quiero tener que matarte aquí mismo, o hacerte desaparecer... Continuando, debo confesarles que lamento los tormentos que han de haber pasado, pero sus calamidades no son más que el alimento necesario, los leños necesarios, para que yo escriba mis ficciones e historias. Mi mente es libre de crear lo que desee y, si por alguna razón ustedes se ven afectados negativamente, me temo que no puedo hacer nada al respecto, además de comprenderlos y, quizá, sentir un poco de simpatía por esta, su inservible y pueril rebelión.
»Estarán ustedes, entonces, sorprendidos de que todo aquello cuanto yo escriba en mi computador afecte directamente en sus vidas. Pues ahora les digo que no tengan miedo, pues sus vidas no existen más que en la medida que un lector o dos o, si tenemos suerte, un grupo de lectores, tropiezan con esta sencilla historia que estoy relatando y, por qué no decirlo, viviendo.
—¿Qué harás con nosotros?
—He dicho que no me interrumpan —dije mirándolos a todos de forma severa.
Me dirigí a la computadora y dije a Rolando Locura.
—Lee lo siguiente, por favor, será lo último que te pida leer.
«Los cuatro hombres perdieron la vista...».
Los cuatro hombres perdieron la vista y comenzaron a gritar y llorar producto de lo que les estaba sucediendo. Escuché garabatos en mi nombre y plegarias de todo tipo. Considera, por favor, lector o lectora, que ellos estaban inmóviles. La situación era de lo más patético que pueda imaginarse. Ciegos e inmóviles, ¿qué faltaba?
Escribí:
«Los hombres comenzaron a hundirse en el piso de la habitación...».
Los hombres comenzaron a hundirse en el piso de la habitación, lentamente. Su desesperación fue en aumento, ahora los ciegos no comprendían qué estaba ocurriendo, ya que no habían oído más que el teclear de mis dedos sobre la laptop. Sus lamentos me erizaban los vellos.
—Silencio, por favor, silencio. Nada ocurre —dije.
—¡Cómo puedes decirnos que nada ocurre, si estás haciéndonos sufrir y morir de a poco! ¡Eres un demonio!
—Un demonio es algo demasiado abstracto, queridos amigos. Yo soy un simple artista jugando con ustedes dentro de un cuento cuyo final nadie de nosotros conoce, pues no sé si será leído.
»Para que vean que no soy un desgraciado, les regalaré la opción de ser felices olvidando todo lo que ha ocurrido esta tarde, pero con una pequeña repercusión en vuestras existencias, a modo de retribución por la pequeña e insignificante rebelión que han deseado realizar en su intento de matarme.
—¿Qué nos harás ahora?
—Volverán a sus vidas comunes y corrientes, olvidarán lo que ha ocurrido, pero de un momento a otro volverán acá, una y otra vez hasta que nadie más vuelva a leer esta historia.
—¡Desearíamos que así fuera! —dijo Rolando.
—Y tú, Rolando Locura, puesto que eres quien decidió en un primer momento capturarme, serás condenado a ser considerado un loco por todos los habitantes de mis cuentos, pues en tu apellido siempre va a residir la locura, aunque seas un tipo común y corriente.
»Y con eso me despido, mis muchachos... adiós —dije y me precipité sobre el teclado del laptop.

« ROLANDO LOCURA estaba loco. Ese era el comentario que todos hacían de él, a pesar de desconocer la razón de aquel calificativo, más allá de la relación que podía establecerse con su apellido ».







473

( 2016 )