lunes, 22 de octubre de 2012

TEORÍA

Es la imagen del universo creado
por una niña que sopla
un remolino dejando que por el vientecito que se crea
el universo
con planetas y algunos soles de distintos portes
se esparzan y queden girando.

Y es tan grande la boca de la niña
tan profundo el aire que sopla
que es imperceptible de ver.

No se sabe
si tendrá padre
si tendrá vida
si tendrá razón de ser.
Sabe soplar.

Ahí en medio de la oscuridad del universo que ella desconoce
en medio de astros que nadie piensa.

Gira el remolino,
sale el viento
cae la vida
rezagada sobre lo que creímos ser antes de la luz.

Es posible que todo lo que se diga
sea cierto.
Es posible que todo lo que se oiga
llegue adonde nadie espera
como las gotas
en mitad del mar
que nadie oye.

lunes, 15 de octubre de 2012

CAMINO

Los pies revolotean por las calles que uno conoce de toda una vida,
y en ellos
se nos va la vida
por andar una cuadra más,
por ver un autos más
y correr.

Las piernas alguna vez ya no dieron más,
pero qué importó.
Cuando muramos vamos a descansar
y nada más.

De la mano
de la música
de tu mano con anillos
con la mirada fija en tus ojos
de mujer hermosa.

Risas.
Quejas.

La vida se nos pierde entre un par de huellas
entre un par de sombras
a las que no tomamos en cuenta
( somos jóvenes,
está bien no tomar muchas cosas en cuenta ).

De manera que cuando grandes
vamos a terminar distinto
a esos amigos que se fueron con sus alas a acostar
a perder
cerca de una tumba.

sábado, 13 de octubre de 2012

MIERCOLES

El 1 de julio de 1998 caía miércoles. Motivo éste por el que las casas llameaban afuera de la villa y la sonrisa marcada en su rostro se difuminaba entre el humo de un cigarro que no quería apagar. Arriba la luna estaba inamovible.
Él sonreía.
Había sido su culpa pero no por ello se iba a sentir, precisamente, culpable, destruido, mal. Tampoco esto significaba que él fuera un inconsciente, un hombre destructor, de mal. Nada más había tenido el arrebato de encontrar los fósforos que le habían prohibido, en esa casa a la que no podía entrar.
Pero el día miércoles 1 de julio de 1998 no había nadie en la casa y como la orden de alejamiento era para la señorita Susana Quiroga, a no más cerca de 300 metros, no existía delito como tal. Por lo demás, la ventana estaba abierta, así que la irrupción en el hogar no era un delito tan magno como tal.

Afuera, producto del frío quizás (él nunca supo), nadie se desprendía por las calles ni miraba desde el segundo piso hacia las veredas. Ni los perros ladraban bajo el cielo gris apoyados en las rejas de las casa.
De abrigo largo y un paraguas cruzó la calle y roció el bidón (también ésto había salido sin querer) de parafina en el ante-jardín de 5 casas. Bastó para 5 casas. Qué bien le estaba funcionando la vida a las 6 de la tarde.

Lo demás es parte de la historia y uno que otro parte policial.
Un fósforo directo a donde debía caer según la historia, y todo estaba listo.

Por eso su tranquilidad. Por eso, quizá, ese cigarro que encendió mientras miraba desde la ventana las llamas gigantes de fuego y a una mujer saliendo disparada con una guagua en brazos envuelta en una manta rosada. El humo le cubría los ojos y él estaba inmutable. Nadie que no fuera él, iba a sacarlo de este estado.

Sonó un teléfono en medio de la habitación, entre los tecleos en los computadores y algunos comentarios.

—Diga.
—Hay un incendio.
—Comuníqueme el lugar del siniestro.
—....

Pero él cortó. Jamás iba a seguir hablando. Los policías están acostumbrados a que les hagan el trabajo y eso no iba a pasar esta vez.
Además, ¿De qué servía ayudar a los policías que a la larga terminarían agarrándolo y llevándolo de vuelta a esa pieza fría color amarillo donde nada más le daban 3 pastillas y un vaso de agua entre las comidas? No tenía nada que hacer en ese lugar.

Arrancó tarde. Sabía que iba a arrancar tarde porque el cigarro no se apagaba nunca. Se eyectó por la puerta trasera y corrió entre los árboles del bosque antiguo. No tardó en llegar algún perro.

martes, 9 de octubre de 2012

AGACHADO EN UNA ESQUINA

Qué te importa lo que las cosas estén diciendo ahí en la esquina de la casa cuando tu papá te grita por un problema que tiene él mismo desde que apareció por la puerta a las cinco de la tarde igual que cuando anda de buenas y te mira a los ojos con la furia de siempre y te invita a sentar un precedente para que te salves de lo que casi imposiblemente va a callar porque su enojo es tal que hasta su pasado de joven loco y frustrado hace fuerzas para escapar con saliva desde sus dientes encima tuyo que estás en las esquina y nada te importa.

El track 1 empieza a sonar.

Pero levantas de alguna forma la cara y tus ojos que parecen de color rojo se le clavan a la otra persona en su rostro tan compungido que para que todos los miedos que la luna ha proyectado en las noches que no está porque se ha desligado inútilmente de lo que ella llama "Días Justos" motivada de lo que otros dicen es malo cuando el frío asecha en la calle del lado de tu villa.

Hay un cambio de pista en la escena.
Creo que el sol empieza a decaer ahí tras la ventana.

Pero luego de unos minutos todo parece no hacer efecto quizá debido al aroma a cigarro que impregna el lugar y principalmente debido a un teléfono que suena y ayuda a disipar toda la tensión de la habitación que parecía ya perdida en el hervidero que en que se había convertido esa vieja casa de madera que estaba tan perdida entre los callejones de un lugar perdido por la sociedad porque ni los ojos es deseable invertir en la imagen.

Entonces termina todo con un ruido seco.
Un golpe que impacta un objeto con la textura de una bola de paño.

Entonces todo termina con el golpe en la cara de quien estaba tan agachado sin un solo objeto más que ocultarse y evitar un gran golpe.

lunes, 8 de octubre de 2012

SOBRE ÉL EN LA TARDE

—Aquí sentado debo parecer un imbécil —se dijo ahí en el último banco de la orilla derecha a la calla plaza, en la esquina de Benfica con Francia.

Y no dejaba de pensar en su espalda encorvada y su cara manchada que provocaban (eso decía él) un rechazo eterno por parte de las mujeres que lo miraban en las calles. Se sorbió los mocos y miró hasta el fondo del callejón de árboles que inventaban los aromos y notó la figura de un vestido amarillo y un pelo café que llevaba a un perro con un collar rojo. Sus ojos se abrieron bastante.

Era un dama con un perrito.

Pero qué tanto podía importar, si total a él jamás lo iban a mirar.

Pensó en cómo el perro se acercaría al banco y orinaría en una de las patas de cemento, entonces la muchacha del perro sonreiría por cortesía y luego vería su rostro y la mueca de asco iba a cambiar de forma automática.
No estuvo preso más que de esos pensamientos y el cielo parecía inamovible. Frustrado hizo sus labios tiritar y miró sin esperanzas.

La mujer con el perrito se acercó lentamente.
El perro orinó una pata de la banca.
La chica sonrió y cuando vio su rostro, cambió su mueca hacia una de asco en forma automática.

La orilla de la calle sonaba con el viento que soplaba sobre ella.

sábado, 6 de octubre de 2012

HOMBRE

No es esa sensación normal por la falta de temperatura. Todo era un vasto terreno amarillo del que no era posible desprender alguna silueta que destiñera tal como lo había hecho durante año muchos años antes con esa mirada que casi siempre los adultos notan que han perdido tanto tiempo atrás en alguna esquina de su vida. Entrecerró los ojos a una visión delgada que se empezó a acercar.
Sin duda y mirando al cielo lo notó, no había duda de que se trataba de ella, la que esperó tantos años durante su vida en esa casa ahora destartalada por el paso del sol y el tiempo. Esa casa que construyó con las ganas de la juventud y con el gozo de la primera soledad, bajo el sol tormentoso a ratos y sobre las pozas de agua que se acumularon algún invierno.
Bajó la vista y la sonrisa perdida hace tanto tiempo se le marcó en un rostro que parecía dolerle.
La sensación no acabaría hasta que se le acercara al cuerpo delgado con esas ropas llenas de grasa y el chaleco sucio y roto. Ajadas sus ropas estaban como su existencia.

—Lo sé, tengo que partir.

Y parecía que bailaba, con el movimiento del vestido que entregaba el viento, ese leve compañero que sonó siempre, cada día y sin dejar esperar, en las tardes mientras en la entrada sentado en la silla de mimbre, escuchó la radio con esa canción que se repetía siempre.

Sin darnos cuenta las manos ya las tenían apresadas.
Se miraron de una manera que jamás vamos a comprender.

—Estás tan joven como te recordaba.

En eso no había dudas. El viejo ya contaba sus ochenta años y se había cansado de escapar, se había cansado desde ese primer día en que arrancó de la casa de sus padres y miró las estrellas en la noche del cuatro de octubre. Estaba viejo y ya notaba que las aves se le empezaban a parecer, no encontraba, como en años antes, tan extraño el vuelo de los pájaros y tampoco tuvo envidia de la posibilidad de cruzar la distancia en un par de minutos.

No los vi partir.
Pero sí sé que ambos desaparecieron.

viernes, 5 de octubre de 2012

GRITO

A pesar de todo lo que digamos
somos como todos los de nuestra generación:
unos cómodos
           y flojos
       de mierda.

Las críticas bajo el puente ya no se escuchan ni con el acompañamiento de las salivas del mejor amigo,
ahora todo es mentira
y nadie quiere creer las mentiras que no son para sí
las propias mentiras
las de siempre mentiras.

Aunque gritemos mucho,
sola y lamentablemente le estamos gritando a un espejo que no se va a romper porque seguiremos vivos por muchos años y eso no va a cambiar
porque estamos benditos para siempre
y no aceptamos el don.
Hasta a la eternidad la miramos en menos
y lo hemos hecho siempre.

La generación se está matando ahí desde las ventanas cuando no mira más que los ladridos
y las peleas para mantenerse alejado de lo que molesta tanto.

Tenemos mucho material para hacer un todo por siempre
por eso mismo
nos hemos callado y cansado
ahí en el final de la pieza donde nos dormimos como cada noche cada día
sin pensar algo nuevo para darle gracia al día.

Hoy... ¿Tuviste algo por lo que estar vivo?
¿Te preguntaste las cosas suficientes?
¿Valió la pena el día de manera que estuviste más feliz que cualquier otro antes?

¿Fuiste un poeta alguna vez?
¿Lo fuiste de verdad y no sólo lo pareciste?

Te cansas,
y quizá eso esté bien
para que la basura vaya quedando de lado.

Siempre hace falta abrir un poco más los ojos,
siempre hace falta escribir un poco más.

HAY GENTE QUE HACE VER EL AMOR ENFERMO

Hay gente que se ama tanto que hacen que esto del amor
se vuelva algo bastante malo.

Me provoca un alejamiento
                            ( y bromas
                                   con un gesto de desagrado ).

Y cito recuerdos de canciones
y de historias que hicieron que se hicieran canciones.
Algo de Manchester, algo así,
y otras notas en los diarios
                           ( algo así ).

Hay gente que hace que el amor se vea mal. Enfermo.
Recuerdo y reconozco
a algunos personajes que hoy día yacen en Valdivia,
                          ( donde una memoria me dejó mirando el cielo )
viviendo su amor y muriendo.
Hay tanta gente
acá tan cerca
que hace que el amor se vea como algo enfermo.

Lo peor de todo
es que en las calles
parecen parejas normales.

Hay risas.

LA IGNORANCIA DEL PUEBLO

Cuando los niños escuchaban las campanas sabían que tenían que ir corriendo a sus casas y esconderse. Correr como pocas veces.

Desde lo alto del campanario se veía, mediante el catalejo, a todo el pueblo apurado por encontrar la tan necesitada puerta en la que entrar para protegerse.

¿Cuál era el problema si no había problema?

Hace más de doscientos años la tradición se les había marcado en la sangre a todos. El hombre que cuidaba el campanario se turnaba con sus iguales, y tenía que estar ahí, más alto que nadie, mirando si venían las fuerzas enemigas a atacar el pueblo. Entonces, el hombre agarraba fuerte las cuerdas y todos debían esconderse en alguna parte para salvar su vida.
Con el paso del tiempo esto se fue desvaneciendo, y todos fueron olvidando que la campana sonaba para protegerse del enemigo, es más, ya no habían enemigos.

Los monjes del monasterio lo sabían. Sabían que el enemigo había desaparecido y que las campanas ya no eran necesarias a ninguna hora. Pero mantuvieron la mentira, y entre ellos, un grupo de no más de 6 hombres, acudían al lugar y tomaban fuerte la soga, tirándola de manera tan fuerte, que el pueblo completo desaparecía de la faz de la Tierra.

miércoles, 3 de octubre de 2012

AMIGAS

[...]

Mi primer amor fue Paulina, la niña que vivía unas casas más al frente de la mia. La recuerdo por su pelo a media melena y su cuerpo delgado con una sonrisa hermosa en el rostro, siempre riendo afirmada de la reja de su casa. Cómo no recordar esos momentos sentados en la vereda cuando conversábamos sobre cosas que no existían, como el amor o los hijos, como en los regalos de alguna navidad y en los dibujos que yo le hacía.

Para nuestra edad, esos ocho o nueve años, no estábamos enamorados ni nada, sino únicamente nos mirábamos en su patio mientras jugábamos y a veces nos venía una sonrisa graciosa.

Paulina hoy tiene varios hijos y yo sigo escribiendo en una pieza de un tercer piso en medio del centro de la ciudad para mirar todas las calles (a modo de una escritura aérea que he ideado).

Nuestro caminos se cortaron a los diez años cuando ella se cambió de casa y yo seguí en el mismo barrio hasta los catorce cuando murió mi padre y nos desalojaron y fuimos a vivir con mis abuelos a la comuna del lado. De ahí en adelante: ninguna información más sobre Paulina.
Fue el primer golpe que me daba la vida, porque yo pensé en ella durante varios días cuando se fue, y durante varios momentos en los siguientes años que iban transcurriendo. Recordé muchas veces esas tardes en la plaza mientras todos jugaban a la pelota y nosotros ahí sentados en las bancas mirábamos y nos reíamos de todo lo que ocurrida. Ella me molestaba y yo la molestaba cuando podía (los chistes volaban entre nosotros).
Pensé en ella el día en que supe que había sido mamá a los quince. Pensé mucho en ella con un sentimiento desconocido en el pecho como el que se siente cuando te dan la noticia de que alguien falleció.
Esas vacaciones fueron distintas.
Pensé en que quizás podría buscarla y encontrarla para conversar sobre nuestros años separados. Pero dentro de mí (como a todos les pasa) algo me decía que eso no iba a ocurrir y que iba a terminar olvidándoseme y sanando con el paso del tiempo.
Y así fue.

Conocí a mi primera novia al año siguiente y de ahí en más mi vida cambió junto a ella. Tuvimos al primer niño a los diecinueve. Qué escándalo se armó cuando nos arrancamos de la casa al momento que nos ofrecieron abortarlo. Corrimos toda la tarde con una sonrisa en la cara porque estábamos haciendo lo que creímos correcto. Dormimos en la calle como muchas veces habíamos soñado hacerlo. Con ella lo pasamos muy bien ese par de años que estuvimos juntos.
Porque después de eso, en las vacaciones que siguieron, cuando el niño se ahogó en la piscina y murió, todo se fue al carajo y terminamos odiándonos de tanto echarnos la culpa.

—Carlos, yo siempre te voy a amar.

A veces la vida parece una maldita comedia. Mil veces me dijo eso la mujer que amé a los veintiuno. Esa de cuarenta años que me acompañó un par de meses desde que le fui a arreglar el computador aquella primera vez.
En realidad yo siempre supe que esa frase era una vil mentira, sobre todo cuando veía a sus hijos dando vueltas por la casa y a su hija más chica, de ocho, diciéndome cosas como "tío" o "vecino" y dándome chocolates. Era, por decir lo menos, irónico, en todo lo extenso de la palabra.

[...]

lunes, 1 de octubre de 2012

FOTO

En esos años trataba de conectar con una fotografía de mi abuelo que había sobre un mueble viejo. Conseguía llegar a ella luego de varios intentos y la atrapaba como tesoro, la daba vuelta y miraba por todos lados.
Se dibujaba a don Juan de pie apoyado sobre un árbol grueso a sus espaldas, con su camisa celeste abierta en los botones superiores y una sonrisa y sus ojos verdes fijos a la cámara. Ahí me quedaba, mirando ese rostro tan conocido por mí. Intentaba conectar con esa fotografía tantas veces admirada. Y era extraño que con ocho años no me cansara de ese juego (porque me divertía), sino que por el contrario aumentaba su hábito conforme pasaba el tiempo.
Yo era un niño y él mi abuelo. Mi sangre existía gracias a su sangre.
¿Habrá él mirado fotos cuando fue un niño?

Nunca lo sabré ni lo habría sabido porque no lo conocí.

Pero esa mirada me provocaba un profundo pesar y una sensación única. He ahí mi motivo de conexión más próximo, pero qué sabía yo a esa edad. Qué se yo incluso a esta edad.

Según mi mamá la foto había sido tomada por su tío Alberto, el día quince de agosto, para el cumpleaños de mi abuela y esa fotografía era la primera sacada por la primera cámara fotográfica que existió en la familia. Por eso eran la risa y el gesto de relajo.

¿Pero qué había de la mirada?

Porque en ella yo me posaba especialmente. Sus ojos verdes chocando con los cafés míos.

Si bien quizá nunca sabré ese misterio, esas ganas que tenía de conectar con algo tan lejano, mil veces tomé y seguiré tomando la foto. Ya no con el ánimo del niño buscando respuestas sino con la gracia del adulto que acepta que no entiende.

Su postura me gustaba mucho. Y la imagen de la mía mirando la foto, aún más.