sábado, 29 de septiembre de 2012

CRUCE

[...]

Nadie iba a pensar que un cruce de miradas a las salida del teatro iba ocasionar un choque en la vida de cualquiera que se crea capaz de controlar todo lo que ocurre a su alrededor. Fue como si las cosas que antes habían pensado o dicho hubieran dejado de existir.
Fue antes de la fiesta en la casa de los Muñoz.

Habíamos ya hecho lo de comprar los tragos y haber fumado drogas, habíamos también ido a buscar a los que vivían lejos y aprovechamos de orinar en las calles y decirle groserías a los carabineros y a quienes manejaban a nuestro lado. También molestamos al chófer del auto en el que viajábamos.
Entonces las calles estaban vacías después de las 2 a.m. los días viernes y se escuchaba música a lo lejos en otras fiestas en otros departamentos. La calle Bernardo O'higgins yacía ahí con el pavimento aún tibio por nuestra pasada. Entraron todos a la casa y yo decidí quedarme en la esquina, solo y fumando, en esos tiempo yo aún disfrutaba de mirar las estrellas a mitad del frío.

Pero el extraño brillo de las luces sobre los árboles de la plaza me llamó. Puedo decir (aunque quizá no me creerán) que de verdad no fue mi culpa, fue el brillo de aquellos árboles.
Entonces no me quedó nada más que ir hasta allá.

—Me gusta sentarme acá un rato después del trabajo.
—¿Siempre estás sola? —yo solamente quería saber más sobre ella.

Apenas crucé la calle para ir a ver los árboles ella apareció desde las sombras. La vi tan bella efecto de la marihuana. Pero yo sabía que realmente era hermosa.

—Mi papá me traía acá a jugar cuando era más chica.

Yo no sabía qué decir. Era el que sobraba ahí.

—Espero el taxi. La empresa nos contrata uno para los días en que salimos tarde del teatro, cuando hacemos recuento de boletas y entradas.
—Ando en auto. Vámonos juntos.

Siempre supe que mis amigos no me iban  perdonar que tomara el auto solo que partiera con una desconocida rumbo a quién sabe dónde. Nada me importó: su sonrisa era tan bella. Yo me contuve a manejar y mirar hacia adelante contestando lo que ella hablaba: me interesó tanto desde el principio. Apenas recuerdo que sonaron The Libertines y su Time for Heroes en la radio del auto, un detalle precioso para acordarme de tantas cosas.

[...]

martes, 18 de septiembre de 2012

LA NOCHE NO LA CONOCÍ

Yo nunca los conocí más que eso.
Pero estoy seguro que se amaron desde ese primer día en la noche cuando se cruzaron en la mesa donde había los vasos de vino y las botellas para servirse. No por nada se rieron un poco antes de que él le ofreciera llenar su copa. Acto seguido ella le pasó la correspondiente y se quedaron ahí, como estampados, en la orilla de la mesa, sin volver a sus puestos.
La música llenaba la habitación de un ruido que desagradaba pero no por eso molestaba y la poca luz era el toque final para el empuje que se necesitaba para quedar en el estado deseado.
Afuera reinaba el cielo y una luna amarilla.

Se desaparecieron un par de veces entre los "vamos afuera" y "aquí hace mucho calor", cosa que nadie tomó como extraño. Quizás todos sabían que su unión sería algo bueno. Estaba lleno de personas y nadie jamás los molestó ni un solo minuto.
Cómo desearía yo haber tenido esa suerte antes.
Pero estuve sólo siempre y nadie se preocupó de eso, ni yo, que me sumí en las lecturas de Kafka y Wilde sin pensar en nadie más. Creo que ahora tiene repercusiones a cada segundo todo eso.

A ellos les funcionó todo perfecto aunque nunca más los volví a ver.
Su última imagen fue aquella de verlos caminar con el sol saliendo allí en el cerro hasta el final de la calle donde se perdieron para siempre, juntos.

Qué culpa tendrá el tiempo y qué culpa tendrán mis familiares. Qué culpa tengo yo y cuánta culpa tienen mis amigos.

Esa noche se fueron y nos los volvió a ver nadie.
Sólo les bastó una mesa y una copa más dos sonrisas y las luces apagadas.

lunes, 17 de septiembre de 2012

LAS ESCALERAS, CLAUDIA

[...]

Las escaleras retumbaban más de lo que estaban acostumbradas. 
Afuera llovía y en los departamentos, a esas horas, no se oía nada, salvo quizás ese zumbido ligero de las ampolletas del pasillo. Ella iba con una maleta y lo tacos del día jueves., bajaba lento y sonaba todo porque iba incómoda con el abrigo y con el solo hecho de pensar que afuera estaba todo empapado. Aún así, al llegar abajo y salir de la puerta principal, prendió un cigarrillo bajo el pequeño techo de la vereda. 
Y miró a uno y otro lado de la calle.

Allí lejos las luces de los postes parecían bailar: la lluvia y el viento.

No iba a esperar que le gritaran desde su espalda como hace dos días. Eso era para cuentos de colegio y para personas que no estaban acostumbradas a sufrir por estar vivas.
Pero aún así las cosas se dieron como en la vida suelen darse: como ella no quería.

Apenas hubo dado un par de pasos sobre las posas del esquivo pavimento, escuchó esa voz que dentro de sí la llevo tantos meses atrás.

Claudia. Sólo dijo y se escuchó a lo largo de la calle y a través de las gotas de lluvia, Claudia.
Esa voz de tantas veces antes, con la diferencia del presente, que ahora la obligaba a no querer girar la cabeza y mirar, sino que la hacía ir adelante y dar más pasos.

Claudia. Y el pavimento pareció moverse porque sus piernas se volvieron de hilo fino. Y los charcos eran más resbalosos y la voluntad más esquiva.

Claudia.

[...]

MOMENTO

En el encierro su voz era tenue.

¿Por qué hoy tenía ganas de escribir?

Ya era viejo y su barbita blanca se tocaba con las hojas al agacharse, sin gafas, a ver qué escribió tantas veces. No se acordaba de mucho: los años no pasan en vano. Pero en su mente había una señal, una pequeña luz que lo invitaba y empujaba a sentir que sí podía volver a mostrar a los demás una de esas historias que antes le valieron la fama.
Y su corazón le dolía mientras avanzaba más y más entre los papeles y se daba cuenta del tiempo perdido y de cómo esa carrera que alguna vez todos daban por excelente, se había ido al suelo sin más que su cuerpo huesudo.

Era viejo y ahora eso dolía.

¿Por qué la pluma ahora era distinta? Por qué sentía tan extraños los dedos que se aferraban al metal.

De pronto su vista se posó entre los árboles, ahí, por la ventana.
Y sus ojos no se percataron ni preocuparon de nada más. Su mente empezó a volar como en sus años de joven. ¡Quién volviera a ser tú tantas veces!
Desde la puerta lo mirábamos, sin entender.
¡Quién entendiera lo que por tu cabellos pasó esa noche de abril!
Estuvo así hasta que minutos más tarde el sol lo dejó. El árbol ya no se iluminaba como hace un rato y él, como si nada, dejó de observarlo y clavó los ojos en la mesa otra vez. Pero estoy seguro que no miraba la mesa. Estoy seguro que se miraba a sí mismo (... igual que esa mañana de abril).

Levantó su vista hacia nosotros y ahí estaba él nueva mente. Reconocible como hace ya tantos años nos era. El viejo volvía a retornar de sus jardines y volvía a sumergirse en el sueño que no lo dejaba en paz.

Y es que estás enfermo y no recuerdas nada.

Pero a veces la luz se le escapa por los ojos y quiere volver a ser ese niño para él ahora desconocido que fue en esos días donde viajaban todos en tranvía y no existían más que las cartas. Él usaba un sombrero.
Esa luz aparece a veces y él tiene ánimos de algo.
Pero siempre vuelve a perderse... en un árbol, o en un cielo, o como él más prefiere: en sí mismo.

DEL VACÍO

[...]

La forma era la de un bulto dentro de un saco en medio de la calle, y estaba empapado por el agua que tiraban desde las charcos los autos que pasaban rápido por su lado sin darse cuenta de que ahí estaba.

¿Se habrá movido alguna vez?

Se preguntaba a sí mismo si sería verdad lo que le estaba pasando, si de verdad todo estaba oscuro y sus músculos no les respondían. Quizás todo eran señales del hombre blanco ese del que hablaban cuando empezó a dirigirse a la agrupación De Pas. Podría ser, todo podía ser. Pasó por su cabeza todas las imágenes que recordaba y ninguna le daba respuesta del porqué se encontraba allí.

Y no se podía mover.
Y tampoco lograba gritar y pedir auxilio.
Y no sentía dolor y quizás esa era una parte buena.

Estuvo a punto de pensar cómo había llegado ahí o por qué se merecía ello. Pero en las escrituras nada había escrito con respecto a su destino, así que no valía la pena buscar razones.

En alguna parte -él lo sentía- había un reloj moviéndose. Eso le pesaba en el alma.

Según la tradición occidental de mitad del siglo XVI, los hombres que sumían su sacerdocio a la paz bíblica y a la reforma de jóvenes, debían terminar sus días alejados de la sociedad al igual que los poetas románticos y empezar desde allí la liberación del yugo con que habían cargado el pecado tanto tiempo. Se recalcaba ese punto por el hecho de denominarse así mismo "pecadores originales" simplemente debido al hecho de haber nacido. Se consideraba a estos hombres -y solo hombres- como a las héroes de la tradición. Pero ellos no lo veían así, lo valoraban de forma distinta: ellos no esperaban sus últimos años para liberarse. De cierta manera, ellos querían vivir siempre con el yugo -el pecado- sobre sus espaldas y desde ahí buscar la felicidad como la casa que se mantiene en pié a pesar de estar infestada de palomas y nidos de ratón en su techo.

Felipe se sentía desolado ahí como un alma perdida, discriminado para males.
Desorientado de su condición de joven aprendiz.

[...]

UNA PARTE DE UN ALGO

[...]

Para la tarde, entonces, la lluvia se le colaba por una orilla de la ventana mientras miraba el patio y echaba tanto de menos al cuerpo que se quedaba aún marcado en las sábanas ahí tras él. Era la música de la radio ahí en el comedor, casi inaudible, lo que menoscababa su alma, un ambiente de soledad que no le gustaba; frío y sin algo más que hacer. Soledad y no acción.

El teléfono no volvería a sonar y el agua no seguiría corriendo.
Con la mirada en el espejo de su baño se preguntaba y entendía que el hombre no sirve cuando su aburrimiento depende de los demás, más aún cuando éste "demás" corresponde al sexo, a las fiestas, a la diversión vacía.

Pero ella seguía en algún departamento de la ciudad, cerca, quizás, de donde él miraba los arbustos de su casa. Ella estaba al alcance de su brazo y de su sentimiento. Afuera nublaba el cielo y el sol se escapaba a ratos; pero siempre llovía y eso difícilmente iba a cambiar.

Tomó su chaqueta negra y lo que quedaba del paraguas de la noche de ayer y partió su andar por las calles. No existía una sola alma allí por donde iba pasando. Pero sí había perros que lo acompañaban a cada paso, ladridos que se perdían con los faros de la calle.

[...]