viernes, 28 de diciembre de 2012

FIN DE AÑO


Se viene fin de año y todo sigue prácticamente igual.

Espero que el 2013 se me puedan ver las Alas.

jueves, 29 de noviembre de 2012

DESDE ARRIBA


Nunca nos van a decir 
la verdad que nos haga un bien




Arriba de una torre, con un catalejo, vemos.


I
"Cambio y fuera"


Las tardes son naranjas.
Quizá sea por su aroma.

Solo, como un pájaro, pero encerrado en una jaula, que a diferencia del pájaro, cada uno escoge, por razones cualquiera: un juego de computador, una lectura, comodidad, comida, vergüenza. Qué importa.
A la larga siempre va a terminar viendo programas de farándula en la televisión y comiendo unos panes con palta, antes de empezar a pensar en lo mal que todo va. Si a la larga, no puede hacer nada, aunque odie mucho, aunque ame mucho, aunque tenga mucho. Quizá sirva conformarse con decir groserías frente a una pantalla que brilla, moliéndole los ojos y el cerebro.

Los hijos de perra de la televisión van a cubrirse siempre la poca espalda que les tira fuego.

Desde arriba, es una hormiga..., menos que una hormiga: una bacteria, por lo tóxico. Porque desde el cielo nada se ve, quizás sí los colores que cambian, pero nunca a él, sentado en el sillón con la cara metálica y paralizada como una máscara que se va secando a cada paso.
Eso, es no existir.

Y qué importa, ¿Por qué hay que actuar bien y valer la pena?
¿Por qué hay que ser siquiera consecuente?

El libre albedrío del hombre llega hasta donde lo decida el hombre. Cuando ocurre un un delito, cada persona en la tierra es cómplice. Quizá con esa sentencia baste para todo lo que se tenga que decir.





Nada de diez mandamientos,
nada de Ser superior al que tener miedo ( al que temer )
Se es lo que se es.
Se da lo que se tiene y nada más.
Y que con eso baste.




Desde ese punto de vista miró por la ventana a los perros ladrándole al imbécil que pedía comida en las casas. La mirada fija en el idiota ese con su saquito de feria con cosas mendigadas a gente que tiene mucho y le da poco. Al llegar a su reja, gritó el "aló" vivamente, sin encontrar respuesta de inmediato. Desde la ventana, lo miraba y no hacía nada, con tranquilidad y visión de un animal que acecha a la presa sin misericordia.
Entonces el tipo sin querer miro a la ventana, que estaba sin su visillo abierto, y vio a quien lo enjuiciaba con los párpados bien abiertos.

II
"Bienvenido a la ciudad de los perdidos"

Ahora, vemos a un hombre que ve pasar el tiempo con su codo en el sillón y una palma en su cara, tapando los ojos. Piensa cosas. 
Oh, disculpen, el catalejo se desvió, las carcajadas no pueden parar.
Ahora, hay que pegarle a un anciano, meternos la ciudad en un bolsillo y volver a dirigir la mirada a un hombre que, en sus espaldas, carga un bate para golpear a gente que lo mire feo.

Quizás sentarse a ver televisión todo el día no esté tan mal.
¿Qué sabemos sobre la vida de cada tipo de estos? ¿Qué sabemos sobre criticarlos como si fueran cualquier persona?
Aunque claro, quizás a nadie le importe que el tipo haya sido violado y maltratado por sus padres cuando era niño. No, para qué, esos son detalles nimios.

domingo, 11 de noviembre de 2012

PÁGINAS

Es normal creer que alguien se fue. Que desapareció y acostumbrarse a querer no volver a pensar en esa persona en todo momento. 
Eso había pasado.

Pero entremedio de una tarde de verano en que el calor no era mucho encontró entre unos cuadernos las páginas perdidas de un poema firmado por ella. El tiempo se había detenido desde hace ya bastante tiempo y lo poco que se movía su rostro no era ya destacable. Afuera seguían pasando los autos y cantando los pájaros bajo el cielo anaranjado. Sutil.

Leyó en voz baja:

Te acuerdas:
yo podría haber muerto ese mismo día
en la cálida armonía
de tus brazos con mi pelo.

Porque sé que me quieres y me esperas
porque para ti valgo
mucho.

Era el día de las calles a pie descalzo
entre la rutina de las manos enganchadas y las miradas simples.

Te acuerdas:
prometiste tantas cosas bajo los árboles
entre una sonrisa perdida en la mirada de los perros
de la calle.

Empuñó el papel mientras miraba la pared. Es normal extrañar a alguien cuando pasa un poco el tiempo y unos recuerdos como los niños se nos cruzan en la mente haciéndonos salir del juego, mirando al cielo.

La caída fue pequeña cuando cerró los ojos y pensó en un presente distinto que existía en un rincón de la mente que creyó olvidado.
Siempre fue quien mejor lo trató y quien mejor le enseñó tantas cosas. Quizá por todo eso las lágrimas le corrieron hasta entrar en su boca mientras él gritaba sin hacer ni un solo ruido con su cabeza apuntando al techo y apretando los dientes. 
Dile que fuiste tú, dile que fuiste tú y que el tiempo se acabó hace unos minutos apenas la música empezó a correr.

Eran palabras simples en una página escondida dentro de unos libros viejos que pertenecían a futuros antiguos que se habían querido olvidar. Es normal creer que alguien se fue. Es normal pensar que ya todo terminó y que la música dejó de tocar en los parlantes de otra pieza.
La realidad es que los bajos aumentan y el sonido penetra hasta el alma.
Hasta los mismos ojos.

jueves, 8 de noviembre de 2012

SOBRE UNOS LIBROS

Sobre una etiqueta que mencionaba una "L" se posó un cigarro a medio apagar que estiraba su humo hasta la nariz y los ojos enrojecidos del que miraba por la ventana. Las luces se mueven al ritmo de la lluvia y el baile parece seguir el ritmo del sonar de un segundero que está en la pared.

La vista se quedó perdida en cualquier cosa, pero la verdad es que la mente yacía en una silueta de mujer bajo un abrigo que se alejó días atrás. Cómo podía ser que el recuerdo se enmarcara tanto en la piel casi muerta. No había bebida o salida que disipara el contenido de una imagen que se repetía a cada lugar común. Se vio en una plaza pensando-la, se vio en un paradero viendo las micros e imaginando-la.

Pero entonces aparecieron los libros.
Las páginas justificadas.
Ahí se sumergió en las piezas donde moría cada noche después de avanzar grandes cantidades de palabras.
Para qué mentir: de algo sirvió. 
Sirvió porque fue un viejo al lado de un bote mirando el mar y fue un niño corriendo espantando a los perros que dormían afuera de su casa; estuvo bajo una lluvia en el año 39 y se enamoró de una mujer de abrigo amarillo y sombrero rojo, sin paraguas, a la cual persiguió tres cuadras sin hablarle nunca; fue el cabro de doce años que fue fusilado dentro de un vagón de tren entremedio de los cuerpos de hombres fuertes y viriles que habían sido atravesados por el arma de un comandante de bigote.

Entonces la realidad le pegaba en la cara y parecía hasta gritar que todo no valía la pena, que eran pocas las cosas por las que realmente iba a valer pelear.
Una tarde cuando el sol picaba en las cuatro y media, miró su ropa colgada en el patio y le pareció todo tan falso. Vio cómo se colgaba lo que él usaba, se secaba lo que él usaba y notó que su ropa ahora puesta también iba a ser secada y mojada y secada y mojada y colgada tres veces.
Rajó su polera por el cuello. No hacía ruido y por lo mismo, entonces, no estaba prohibido hacerlo y quizás estaba bien. Él decidió que estaría bien, al menos esta vez.

Y así siguió con todo.
Ya había aprendido a fumar hace unas semanas.

lunes, 22 de octubre de 2012

TEORÍA

Es la imagen del universo creado
por una niña que sopla
un remolino dejando que por el vientecito que se crea
el universo
con planetas y algunos soles de distintos portes
se esparzan y queden girando.

Y es tan grande la boca de la niña
tan profundo el aire que sopla
que es imperceptible de ver.

No se sabe
si tendrá padre
si tendrá vida
si tendrá razón de ser.
Sabe soplar.

Ahí en medio de la oscuridad del universo que ella desconoce
en medio de astros que nadie piensa.

Gira el remolino,
sale el viento
cae la vida
rezagada sobre lo que creímos ser antes de la luz.

Es posible que todo lo que se diga
sea cierto.
Es posible que todo lo que se oiga
llegue adonde nadie espera
como las gotas
en mitad del mar
que nadie oye.

lunes, 15 de octubre de 2012

CAMINO

Los pies revolotean por las calles que uno conoce de toda una vida,
y en ellos
se nos va la vida
por andar una cuadra más,
por ver un autos más
y correr.

Las piernas alguna vez ya no dieron más,
pero qué importó.
Cuando muramos vamos a descansar
y nada más.

De la mano
de la música
de tu mano con anillos
con la mirada fija en tus ojos
de mujer hermosa.

Risas.
Quejas.

La vida se nos pierde entre un par de huellas
entre un par de sombras
a las que no tomamos en cuenta
( somos jóvenes,
está bien no tomar muchas cosas en cuenta ).

De manera que cuando grandes
vamos a terminar distinto
a esos amigos que se fueron con sus alas a acostar
a perder
cerca de una tumba.

sábado, 13 de octubre de 2012

MIERCOLES

El 1 de julio de 1998 caía miércoles. Motivo éste por el que las casas llameaban afuera de la villa y la sonrisa marcada en su rostro se difuminaba entre el humo de un cigarro que no quería apagar. Arriba la luna estaba inamovible.
Él sonreía.
Había sido su culpa pero no por ello se iba a sentir, precisamente, culpable, destruido, mal. Tampoco esto significaba que él fuera un inconsciente, un hombre destructor, de mal. Nada más había tenido el arrebato de encontrar los fósforos que le habían prohibido, en esa casa a la que no podía entrar.
Pero el día miércoles 1 de julio de 1998 no había nadie en la casa y como la orden de alejamiento era para la señorita Susana Quiroga, a no más cerca de 300 metros, no existía delito como tal. Por lo demás, la ventana estaba abierta, así que la irrupción en el hogar no era un delito tan magno como tal.

Afuera, producto del frío quizás (él nunca supo), nadie se desprendía por las calles ni miraba desde el segundo piso hacia las veredas. Ni los perros ladraban bajo el cielo gris apoyados en las rejas de las casa.
De abrigo largo y un paraguas cruzó la calle y roció el bidón (también ésto había salido sin querer) de parafina en el ante-jardín de 5 casas. Bastó para 5 casas. Qué bien le estaba funcionando la vida a las 6 de la tarde.

Lo demás es parte de la historia y uno que otro parte policial.
Un fósforo directo a donde debía caer según la historia, y todo estaba listo.

Por eso su tranquilidad. Por eso, quizá, ese cigarro que encendió mientras miraba desde la ventana las llamas gigantes de fuego y a una mujer saliendo disparada con una guagua en brazos envuelta en una manta rosada. El humo le cubría los ojos y él estaba inmutable. Nadie que no fuera él, iba a sacarlo de este estado.

Sonó un teléfono en medio de la habitación, entre los tecleos en los computadores y algunos comentarios.

—Diga.
—Hay un incendio.
—Comuníqueme el lugar del siniestro.
—....

Pero él cortó. Jamás iba a seguir hablando. Los policías están acostumbrados a que les hagan el trabajo y eso no iba a pasar esta vez.
Además, ¿De qué servía ayudar a los policías que a la larga terminarían agarrándolo y llevándolo de vuelta a esa pieza fría color amarillo donde nada más le daban 3 pastillas y un vaso de agua entre las comidas? No tenía nada que hacer en ese lugar.

Arrancó tarde. Sabía que iba a arrancar tarde porque el cigarro no se apagaba nunca. Se eyectó por la puerta trasera y corrió entre los árboles del bosque antiguo. No tardó en llegar algún perro.

martes, 9 de octubre de 2012

AGACHADO EN UNA ESQUINA

Qué te importa lo que las cosas estén diciendo ahí en la esquina de la casa cuando tu papá te grita por un problema que tiene él mismo desde que apareció por la puerta a las cinco de la tarde igual que cuando anda de buenas y te mira a los ojos con la furia de siempre y te invita a sentar un precedente para que te salves de lo que casi imposiblemente va a callar porque su enojo es tal que hasta su pasado de joven loco y frustrado hace fuerzas para escapar con saliva desde sus dientes encima tuyo que estás en las esquina y nada te importa.

El track 1 empieza a sonar.

Pero levantas de alguna forma la cara y tus ojos que parecen de color rojo se le clavan a la otra persona en su rostro tan compungido que para que todos los miedos que la luna ha proyectado en las noches que no está porque se ha desligado inútilmente de lo que ella llama "Días Justos" motivada de lo que otros dicen es malo cuando el frío asecha en la calle del lado de tu villa.

Hay un cambio de pista en la escena.
Creo que el sol empieza a decaer ahí tras la ventana.

Pero luego de unos minutos todo parece no hacer efecto quizá debido al aroma a cigarro que impregna el lugar y principalmente debido a un teléfono que suena y ayuda a disipar toda la tensión de la habitación que parecía ya perdida en el hervidero que en que se había convertido esa vieja casa de madera que estaba tan perdida entre los callejones de un lugar perdido por la sociedad porque ni los ojos es deseable invertir en la imagen.

Entonces termina todo con un ruido seco.
Un golpe que impacta un objeto con la textura de una bola de paño.

Entonces todo termina con el golpe en la cara de quien estaba tan agachado sin un solo objeto más que ocultarse y evitar un gran golpe.

lunes, 8 de octubre de 2012

SOBRE ÉL EN LA TARDE

—Aquí sentado debo parecer un imbécil —se dijo ahí en el último banco de la orilla derecha a la calla plaza, en la esquina de Benfica con Francia.

Y no dejaba de pensar en su espalda encorvada y su cara manchada que provocaban (eso decía él) un rechazo eterno por parte de las mujeres que lo miraban en las calles. Se sorbió los mocos y miró hasta el fondo del callejón de árboles que inventaban los aromos y notó la figura de un vestido amarillo y un pelo café que llevaba a un perro con un collar rojo. Sus ojos se abrieron bastante.

Era un dama con un perrito.

Pero qué tanto podía importar, si total a él jamás lo iban a mirar.

Pensó en cómo el perro se acercaría al banco y orinaría en una de las patas de cemento, entonces la muchacha del perro sonreiría por cortesía y luego vería su rostro y la mueca de asco iba a cambiar de forma automática.
No estuvo preso más que de esos pensamientos y el cielo parecía inamovible. Frustrado hizo sus labios tiritar y miró sin esperanzas.

La mujer con el perrito se acercó lentamente.
El perro orinó una pata de la banca.
La chica sonrió y cuando vio su rostro, cambió su mueca hacia una de asco en forma automática.

La orilla de la calle sonaba con el viento que soplaba sobre ella.

sábado, 6 de octubre de 2012

HOMBRE

No es esa sensación normal por la falta de temperatura. Todo era un vasto terreno amarillo del que no era posible desprender alguna silueta que destiñera tal como lo había hecho durante año muchos años antes con esa mirada que casi siempre los adultos notan que han perdido tanto tiempo atrás en alguna esquina de su vida. Entrecerró los ojos a una visión delgada que se empezó a acercar.
Sin duda y mirando al cielo lo notó, no había duda de que se trataba de ella, la que esperó tantos años durante su vida en esa casa ahora destartalada por el paso del sol y el tiempo. Esa casa que construyó con las ganas de la juventud y con el gozo de la primera soledad, bajo el sol tormentoso a ratos y sobre las pozas de agua que se acumularon algún invierno.
Bajó la vista y la sonrisa perdida hace tanto tiempo se le marcó en un rostro que parecía dolerle.
La sensación no acabaría hasta que se le acercara al cuerpo delgado con esas ropas llenas de grasa y el chaleco sucio y roto. Ajadas sus ropas estaban como su existencia.

—Lo sé, tengo que partir.

Y parecía que bailaba, con el movimiento del vestido que entregaba el viento, ese leve compañero que sonó siempre, cada día y sin dejar esperar, en las tardes mientras en la entrada sentado en la silla de mimbre, escuchó la radio con esa canción que se repetía siempre.

Sin darnos cuenta las manos ya las tenían apresadas.
Se miraron de una manera que jamás vamos a comprender.

—Estás tan joven como te recordaba.

En eso no había dudas. El viejo ya contaba sus ochenta años y se había cansado de escapar, se había cansado desde ese primer día en que arrancó de la casa de sus padres y miró las estrellas en la noche del cuatro de octubre. Estaba viejo y ya notaba que las aves se le empezaban a parecer, no encontraba, como en años antes, tan extraño el vuelo de los pájaros y tampoco tuvo envidia de la posibilidad de cruzar la distancia en un par de minutos.

No los vi partir.
Pero sí sé que ambos desaparecieron.

viernes, 5 de octubre de 2012

GRITO

A pesar de todo lo que digamos
somos como todos los de nuestra generación:
unos cómodos
           y flojos
       de mierda.

Las críticas bajo el puente ya no se escuchan ni con el acompañamiento de las salivas del mejor amigo,
ahora todo es mentira
y nadie quiere creer las mentiras que no son para sí
las propias mentiras
las de siempre mentiras.

Aunque gritemos mucho,
sola y lamentablemente le estamos gritando a un espejo que no se va a romper porque seguiremos vivos por muchos años y eso no va a cambiar
porque estamos benditos para siempre
y no aceptamos el don.
Hasta a la eternidad la miramos en menos
y lo hemos hecho siempre.

La generación se está matando ahí desde las ventanas cuando no mira más que los ladridos
y las peleas para mantenerse alejado de lo que molesta tanto.

Tenemos mucho material para hacer un todo por siempre
por eso mismo
nos hemos callado y cansado
ahí en el final de la pieza donde nos dormimos como cada noche cada día
sin pensar algo nuevo para darle gracia al día.

Hoy... ¿Tuviste algo por lo que estar vivo?
¿Te preguntaste las cosas suficientes?
¿Valió la pena el día de manera que estuviste más feliz que cualquier otro antes?

¿Fuiste un poeta alguna vez?
¿Lo fuiste de verdad y no sólo lo pareciste?

Te cansas,
y quizá eso esté bien
para que la basura vaya quedando de lado.

Siempre hace falta abrir un poco más los ojos,
siempre hace falta escribir un poco más.

HAY GENTE QUE HACE VER EL AMOR ENFERMO

Hay gente que se ama tanto que hacen que esto del amor
se vuelva algo bastante malo.

Me provoca un alejamiento
                            ( y bromas
                                   con un gesto de desagrado ).

Y cito recuerdos de canciones
y de historias que hicieron que se hicieran canciones.
Algo de Manchester, algo así,
y otras notas en los diarios
                           ( algo así ).

Hay gente que hace que el amor se vea mal. Enfermo.
Recuerdo y reconozco
a algunos personajes que hoy día yacen en Valdivia,
                          ( donde una memoria me dejó mirando el cielo )
viviendo su amor y muriendo.
Hay tanta gente
acá tan cerca
que hace que el amor se vea como algo enfermo.

Lo peor de todo
es que en las calles
parecen parejas normales.

Hay risas.

LA IGNORANCIA DEL PUEBLO

Cuando los niños escuchaban las campanas sabían que tenían que ir corriendo a sus casas y esconderse. Correr como pocas veces.

Desde lo alto del campanario se veía, mediante el catalejo, a todo el pueblo apurado por encontrar la tan necesitada puerta en la que entrar para protegerse.

¿Cuál era el problema si no había problema?

Hace más de doscientos años la tradición se les había marcado en la sangre a todos. El hombre que cuidaba el campanario se turnaba con sus iguales, y tenía que estar ahí, más alto que nadie, mirando si venían las fuerzas enemigas a atacar el pueblo. Entonces, el hombre agarraba fuerte las cuerdas y todos debían esconderse en alguna parte para salvar su vida.
Con el paso del tiempo esto se fue desvaneciendo, y todos fueron olvidando que la campana sonaba para protegerse del enemigo, es más, ya no habían enemigos.

Los monjes del monasterio lo sabían. Sabían que el enemigo había desaparecido y que las campanas ya no eran necesarias a ninguna hora. Pero mantuvieron la mentira, y entre ellos, un grupo de no más de 6 hombres, acudían al lugar y tomaban fuerte la soga, tirándola de manera tan fuerte, que el pueblo completo desaparecía de la faz de la Tierra.

miércoles, 3 de octubre de 2012

AMIGAS

[...]

Mi primer amor fue Paulina, la niña que vivía unas casas más al frente de la mia. La recuerdo por su pelo a media melena y su cuerpo delgado con una sonrisa hermosa en el rostro, siempre riendo afirmada de la reja de su casa. Cómo no recordar esos momentos sentados en la vereda cuando conversábamos sobre cosas que no existían, como el amor o los hijos, como en los regalos de alguna navidad y en los dibujos que yo le hacía.

Para nuestra edad, esos ocho o nueve años, no estábamos enamorados ni nada, sino únicamente nos mirábamos en su patio mientras jugábamos y a veces nos venía una sonrisa graciosa.

Paulina hoy tiene varios hijos y yo sigo escribiendo en una pieza de un tercer piso en medio del centro de la ciudad para mirar todas las calles (a modo de una escritura aérea que he ideado).

Nuestro caminos se cortaron a los diez años cuando ella se cambió de casa y yo seguí en el mismo barrio hasta los catorce cuando murió mi padre y nos desalojaron y fuimos a vivir con mis abuelos a la comuna del lado. De ahí en adelante: ninguna información más sobre Paulina.
Fue el primer golpe que me daba la vida, porque yo pensé en ella durante varios días cuando se fue, y durante varios momentos en los siguientes años que iban transcurriendo. Recordé muchas veces esas tardes en la plaza mientras todos jugaban a la pelota y nosotros ahí sentados en las bancas mirábamos y nos reíamos de todo lo que ocurrida. Ella me molestaba y yo la molestaba cuando podía (los chistes volaban entre nosotros).
Pensé en ella el día en que supe que había sido mamá a los quince. Pensé mucho en ella con un sentimiento desconocido en el pecho como el que se siente cuando te dan la noticia de que alguien falleció.
Esas vacaciones fueron distintas.
Pensé en que quizás podría buscarla y encontrarla para conversar sobre nuestros años separados. Pero dentro de mí (como a todos les pasa) algo me decía que eso no iba a ocurrir y que iba a terminar olvidándoseme y sanando con el paso del tiempo.
Y así fue.

Conocí a mi primera novia al año siguiente y de ahí en más mi vida cambió junto a ella. Tuvimos al primer niño a los diecinueve. Qué escándalo se armó cuando nos arrancamos de la casa al momento que nos ofrecieron abortarlo. Corrimos toda la tarde con una sonrisa en la cara porque estábamos haciendo lo que creímos correcto. Dormimos en la calle como muchas veces habíamos soñado hacerlo. Con ella lo pasamos muy bien ese par de años que estuvimos juntos.
Porque después de eso, en las vacaciones que siguieron, cuando el niño se ahogó en la piscina y murió, todo se fue al carajo y terminamos odiándonos de tanto echarnos la culpa.

—Carlos, yo siempre te voy a amar.

A veces la vida parece una maldita comedia. Mil veces me dijo eso la mujer que amé a los veintiuno. Esa de cuarenta años que me acompañó un par de meses desde que le fui a arreglar el computador aquella primera vez.
En realidad yo siempre supe que esa frase era una vil mentira, sobre todo cuando veía a sus hijos dando vueltas por la casa y a su hija más chica, de ocho, diciéndome cosas como "tío" o "vecino" y dándome chocolates. Era, por decir lo menos, irónico, en todo lo extenso de la palabra.

[...]

lunes, 1 de octubre de 2012

FOTO

En esos años trataba de conectar con una fotografía de mi abuelo que había sobre un mueble viejo. Conseguía llegar a ella luego de varios intentos y la atrapaba como tesoro, la daba vuelta y miraba por todos lados.
Se dibujaba a don Juan de pie apoyado sobre un árbol grueso a sus espaldas, con su camisa celeste abierta en los botones superiores y una sonrisa y sus ojos verdes fijos a la cámara. Ahí me quedaba, mirando ese rostro tan conocido por mí. Intentaba conectar con esa fotografía tantas veces admirada. Y era extraño que con ocho años no me cansara de ese juego (porque me divertía), sino que por el contrario aumentaba su hábito conforme pasaba el tiempo.
Yo era un niño y él mi abuelo. Mi sangre existía gracias a su sangre.
¿Habrá él mirado fotos cuando fue un niño?

Nunca lo sabré ni lo habría sabido porque no lo conocí.

Pero esa mirada me provocaba un profundo pesar y una sensación única. He ahí mi motivo de conexión más próximo, pero qué sabía yo a esa edad. Qué se yo incluso a esta edad.

Según mi mamá la foto había sido tomada por su tío Alberto, el día quince de agosto, para el cumpleaños de mi abuela y esa fotografía era la primera sacada por la primera cámara fotográfica que existió en la familia. Por eso eran la risa y el gesto de relajo.

¿Pero qué había de la mirada?

Porque en ella yo me posaba especialmente. Sus ojos verdes chocando con los cafés míos.

Si bien quizá nunca sabré ese misterio, esas ganas que tenía de conectar con algo tan lejano, mil veces tomé y seguiré tomando la foto. Ya no con el ánimo del niño buscando respuestas sino con la gracia del adulto que acepta que no entiende.

Su postura me gustaba mucho. Y la imagen de la mía mirando la foto, aún más.

sábado, 29 de septiembre de 2012

CRUCE

[...]

Nadie iba a pensar que un cruce de miradas a las salida del teatro iba ocasionar un choque en la vida de cualquiera que se crea capaz de controlar todo lo que ocurre a su alrededor. Fue como si las cosas que antes habían pensado o dicho hubieran dejado de existir.
Fue antes de la fiesta en la casa de los Muñoz.

Habíamos ya hecho lo de comprar los tragos y haber fumado drogas, habíamos también ido a buscar a los que vivían lejos y aprovechamos de orinar en las calles y decirle groserías a los carabineros y a quienes manejaban a nuestro lado. También molestamos al chófer del auto en el que viajábamos.
Entonces las calles estaban vacías después de las 2 a.m. los días viernes y se escuchaba música a lo lejos en otras fiestas en otros departamentos. La calle Bernardo O'higgins yacía ahí con el pavimento aún tibio por nuestra pasada. Entraron todos a la casa y yo decidí quedarme en la esquina, solo y fumando, en esos tiempo yo aún disfrutaba de mirar las estrellas a mitad del frío.

Pero el extraño brillo de las luces sobre los árboles de la plaza me llamó. Puedo decir (aunque quizá no me creerán) que de verdad no fue mi culpa, fue el brillo de aquellos árboles.
Entonces no me quedó nada más que ir hasta allá.

—Me gusta sentarme acá un rato después del trabajo.
—¿Siempre estás sola? —yo solamente quería saber más sobre ella.

Apenas crucé la calle para ir a ver los árboles ella apareció desde las sombras. La vi tan bella efecto de la marihuana. Pero yo sabía que realmente era hermosa.

—Mi papá me traía acá a jugar cuando era más chica.

Yo no sabía qué decir. Era el que sobraba ahí.

—Espero el taxi. La empresa nos contrata uno para los días en que salimos tarde del teatro, cuando hacemos recuento de boletas y entradas.
—Ando en auto. Vámonos juntos.

Siempre supe que mis amigos no me iban  perdonar que tomara el auto solo que partiera con una desconocida rumbo a quién sabe dónde. Nada me importó: su sonrisa era tan bella. Yo me contuve a manejar y mirar hacia adelante contestando lo que ella hablaba: me interesó tanto desde el principio. Apenas recuerdo que sonaron The Libertines y su Time for Heroes en la radio del auto, un detalle precioso para acordarme de tantas cosas.

[...]

martes, 18 de septiembre de 2012

LA NOCHE NO LA CONOCÍ

Yo nunca los conocí más que eso.
Pero estoy seguro que se amaron desde ese primer día en la noche cuando se cruzaron en la mesa donde había los vasos de vino y las botellas para servirse. No por nada se rieron un poco antes de que él le ofreciera llenar su copa. Acto seguido ella le pasó la correspondiente y se quedaron ahí, como estampados, en la orilla de la mesa, sin volver a sus puestos.
La música llenaba la habitación de un ruido que desagradaba pero no por eso molestaba y la poca luz era el toque final para el empuje que se necesitaba para quedar en el estado deseado.
Afuera reinaba el cielo y una luna amarilla.

Se desaparecieron un par de veces entre los "vamos afuera" y "aquí hace mucho calor", cosa que nadie tomó como extraño. Quizás todos sabían que su unión sería algo bueno. Estaba lleno de personas y nadie jamás los molestó ni un solo minuto.
Cómo desearía yo haber tenido esa suerte antes.
Pero estuve sólo siempre y nadie se preocupó de eso, ni yo, que me sumí en las lecturas de Kafka y Wilde sin pensar en nadie más. Creo que ahora tiene repercusiones a cada segundo todo eso.

A ellos les funcionó todo perfecto aunque nunca más los volví a ver.
Su última imagen fue aquella de verlos caminar con el sol saliendo allí en el cerro hasta el final de la calle donde se perdieron para siempre, juntos.

Qué culpa tendrá el tiempo y qué culpa tendrán mis familiares. Qué culpa tengo yo y cuánta culpa tienen mis amigos.

Esa noche se fueron y nos los volvió a ver nadie.
Sólo les bastó una mesa y una copa más dos sonrisas y las luces apagadas.

lunes, 17 de septiembre de 2012

LAS ESCALERAS, CLAUDIA

[...]

Las escaleras retumbaban más de lo que estaban acostumbradas. 
Afuera llovía y en los departamentos, a esas horas, no se oía nada, salvo quizás ese zumbido ligero de las ampolletas del pasillo. Ella iba con una maleta y lo tacos del día jueves., bajaba lento y sonaba todo porque iba incómoda con el abrigo y con el solo hecho de pensar que afuera estaba todo empapado. Aún así, al llegar abajo y salir de la puerta principal, prendió un cigarrillo bajo el pequeño techo de la vereda. 
Y miró a uno y otro lado de la calle.

Allí lejos las luces de los postes parecían bailar: la lluvia y el viento.

No iba a esperar que le gritaran desde su espalda como hace dos días. Eso era para cuentos de colegio y para personas que no estaban acostumbradas a sufrir por estar vivas.
Pero aún así las cosas se dieron como en la vida suelen darse: como ella no quería.

Apenas hubo dado un par de pasos sobre las posas del esquivo pavimento, escuchó esa voz que dentro de sí la llevo tantos meses atrás.

Claudia. Sólo dijo y se escuchó a lo largo de la calle y a través de las gotas de lluvia, Claudia.
Esa voz de tantas veces antes, con la diferencia del presente, que ahora la obligaba a no querer girar la cabeza y mirar, sino que la hacía ir adelante y dar más pasos.

Claudia. Y el pavimento pareció moverse porque sus piernas se volvieron de hilo fino. Y los charcos eran más resbalosos y la voluntad más esquiva.

Claudia.

[...]

MOMENTO

En el encierro su voz era tenue.

¿Por qué hoy tenía ganas de escribir?

Ya era viejo y su barbita blanca se tocaba con las hojas al agacharse, sin gafas, a ver qué escribió tantas veces. No se acordaba de mucho: los años no pasan en vano. Pero en su mente había una señal, una pequeña luz que lo invitaba y empujaba a sentir que sí podía volver a mostrar a los demás una de esas historias que antes le valieron la fama.
Y su corazón le dolía mientras avanzaba más y más entre los papeles y se daba cuenta del tiempo perdido y de cómo esa carrera que alguna vez todos daban por excelente, se había ido al suelo sin más que su cuerpo huesudo.

Era viejo y ahora eso dolía.

¿Por qué la pluma ahora era distinta? Por qué sentía tan extraños los dedos que se aferraban al metal.

De pronto su vista se posó entre los árboles, ahí, por la ventana.
Y sus ojos no se percataron ni preocuparon de nada más. Su mente empezó a volar como en sus años de joven. ¡Quién volviera a ser tú tantas veces!
Desde la puerta lo mirábamos, sin entender.
¡Quién entendiera lo que por tu cabellos pasó esa noche de abril!
Estuvo así hasta que minutos más tarde el sol lo dejó. El árbol ya no se iluminaba como hace un rato y él, como si nada, dejó de observarlo y clavó los ojos en la mesa otra vez. Pero estoy seguro que no miraba la mesa. Estoy seguro que se miraba a sí mismo (... igual que esa mañana de abril).

Levantó su vista hacia nosotros y ahí estaba él nueva mente. Reconocible como hace ya tantos años nos era. El viejo volvía a retornar de sus jardines y volvía a sumergirse en el sueño que no lo dejaba en paz.

Y es que estás enfermo y no recuerdas nada.

Pero a veces la luz se le escapa por los ojos y quiere volver a ser ese niño para él ahora desconocido que fue en esos días donde viajaban todos en tranvía y no existían más que las cartas. Él usaba un sombrero.
Esa luz aparece a veces y él tiene ánimos de algo.
Pero siempre vuelve a perderse... en un árbol, o en un cielo, o como él más prefiere: en sí mismo.

DEL VACÍO

[...]

La forma era la de un bulto dentro de un saco en medio de la calle, y estaba empapado por el agua que tiraban desde las charcos los autos que pasaban rápido por su lado sin darse cuenta de que ahí estaba.

¿Se habrá movido alguna vez?

Se preguntaba a sí mismo si sería verdad lo que le estaba pasando, si de verdad todo estaba oscuro y sus músculos no les respondían. Quizás todo eran señales del hombre blanco ese del que hablaban cuando empezó a dirigirse a la agrupación De Pas. Podría ser, todo podía ser. Pasó por su cabeza todas las imágenes que recordaba y ninguna le daba respuesta del porqué se encontraba allí.

Y no se podía mover.
Y tampoco lograba gritar y pedir auxilio.
Y no sentía dolor y quizás esa era una parte buena.

Estuvo a punto de pensar cómo había llegado ahí o por qué se merecía ello. Pero en las escrituras nada había escrito con respecto a su destino, así que no valía la pena buscar razones.

En alguna parte -él lo sentía- había un reloj moviéndose. Eso le pesaba en el alma.

Según la tradición occidental de mitad del siglo XVI, los hombres que sumían su sacerdocio a la paz bíblica y a la reforma de jóvenes, debían terminar sus días alejados de la sociedad al igual que los poetas románticos y empezar desde allí la liberación del yugo con que habían cargado el pecado tanto tiempo. Se recalcaba ese punto por el hecho de denominarse así mismo "pecadores originales" simplemente debido al hecho de haber nacido. Se consideraba a estos hombres -y solo hombres- como a las héroes de la tradición. Pero ellos no lo veían así, lo valoraban de forma distinta: ellos no esperaban sus últimos años para liberarse. De cierta manera, ellos querían vivir siempre con el yugo -el pecado- sobre sus espaldas y desde ahí buscar la felicidad como la casa que se mantiene en pié a pesar de estar infestada de palomas y nidos de ratón en su techo.

Felipe se sentía desolado ahí como un alma perdida, discriminado para males.
Desorientado de su condición de joven aprendiz.

[...]

UNA PARTE DE UN ALGO

[...]

Para la tarde, entonces, la lluvia se le colaba por una orilla de la ventana mientras miraba el patio y echaba tanto de menos al cuerpo que se quedaba aún marcado en las sábanas ahí tras él. Era la música de la radio ahí en el comedor, casi inaudible, lo que menoscababa su alma, un ambiente de soledad que no le gustaba; frío y sin algo más que hacer. Soledad y no acción.

El teléfono no volvería a sonar y el agua no seguiría corriendo.
Con la mirada en el espejo de su baño se preguntaba y entendía que el hombre no sirve cuando su aburrimiento depende de los demás, más aún cuando éste "demás" corresponde al sexo, a las fiestas, a la diversión vacía.

Pero ella seguía en algún departamento de la ciudad, cerca, quizás, de donde él miraba los arbustos de su casa. Ella estaba al alcance de su brazo y de su sentimiento. Afuera nublaba el cielo y el sol se escapaba a ratos; pero siempre llovía y eso difícilmente iba a cambiar.

Tomó su chaqueta negra y lo que quedaba del paraguas de la noche de ayer y partió su andar por las calles. No existía una sola alma allí por donde iba pasando. Pero sí había perros que lo acompañaban a cada paso, ladridos que se perdían con los faros de la calle.

[...]

sábado, 10 de marzo de 2012

SUBURBIA

(este poema es del año de los quesos)


Eso que esperan allí, es distinto,
y en el aire se huele que es otra cosa
( algo nunca antes visto ).

Cielo.

Una más...

Eso que traman allí tú no lo ves.

El viento, el aire,
el agua,
trampas campanas.

Envuelto en la inmensa capa escondida
( allí al borde del río )
se ve
la silueta ahogada entre medio del frío
de un joven de los años sesenta
con el pelo al viento.
Un niño que se cayó del tren
cuando quiso parar el mundo
cuando acabó la cuenta regresiva
en esos días cuando quedó la cagá.

Eso que traman allí
tú no lo ves.

Bordes.

En suspensión bajo la sombra de un árbol en el patio de una casa
abandonada
duerme un gato que piensa en su siguiente rata
-tres hombres-,
tranquilo está de ojos cerrados
junto al aroma de las flores
y el abandono de sus dueños,
junto a las abejas rodando y pataleando
sobre la tierra húmeda.
Sin importancia toma las pausas del viento
tras los cambios del tiempo
y mira todo, de un lado a otro.

Tranquilo.

Nada importa ya en la zona abandonada.

Es un zapato de ese que alguna vez fue un hombre
el tirado allí en el techo
-allí en el cielo-
por el cual alguien tiró los puños
a la cara de su hermano
motivado por el olor que escupía de su boca.
Enojo.
Es el misterio mejor guardado.

Todo lo que puede suceder son variables
de lo mismo.

Eso que traman allí
tú no lo ves.